¿Por qué algo nos gusta tanto en el entorno digital? Algoritmos de recomendación, dopamina y atención

¿Por qué algo nos gusta tanto en el entorno digital? Algoritmos de recomendación, dopamina y atención

Algoritmos de recomendación y fragmentación del entorno digital

Durante mucho tiempo dimos por sentado que, en el entorno digital, los algoritmos de recomendación no alteraban de forma decisiva lo que veíamos, y que cuando hablábamos de ese entorno hablábamos, más o menos, de lo mismo. Que compartíamos un espacio común, aunque no estuviéramos de acuerdo. Que veíamos las mismas cosas, aunque las interpretáramos distinto. Sin embargo, el entorno digital contemporáneo ya no se organiza como un espacio compartido, sino como una red de sistemas de recomendación que filtran lo que aparece ante cada uno.

Esa transformación no es superficial. Gran parte de lo que vemos hoy está mediado por algoritmos de recomendación que seleccionan contenidos a partir de nuestras interacciones mínimas: cuánto tiempo miramos algo, qué repetimos, qué ignoramos. La personalización algorítmica no solo organiza la información; organiza la experiencia. Lo que aparece ante nosotros ya no es simplemente lo que circula, sino lo que un sistema ha calculado que retendrá mejor nuestra atención.

Durante un tiempo funcionó la idea de que existía un debate común. Hoy esa intuición empieza a fallar. No porque hayan desaparecido las palabras —opinión pública, discusión, intercambio—, sino porque la arquitectura digital que sostiene nuestra atención ya no distribuye una experiencia compartida, sino múltiples recorridos personalizados que apenas se tocan.

Dos personas pueden vivir en la misma ciudad, atravesar los mismos acontecimientos y compartir referencias culturales similares, y aun así encontrarse con contenidos cada vez más distintos. No porque el mundo común haya desaparecido, sino porque la experiencia diaria se organiza sin notarlo alrededor de recomendaciones que refuerzan lo que cada uno ya mira, ya sigue o ya consume.

Antes, incluso bajo marcos rígidos —religiones, naciones, partidos, televisión— existía una jaula compartida. Limitaba y excluía, pero lo hacía de forma colectiva y visible. Había fricción entre relatos, choques entre visiones. El entorno podía ser estrecho, pero era común: lo compartido no garantizaba acuerdo, pero imponía un suelo.

Hoy la jaula ya no es social en ese sentido. Es personal. No aparece como un marco único dentro del cual todos nos movemos, sino como un entorno que se ajusta de manera silenciosa a cada uno. Y, a partir de ahí, el mundo que aparece empieza a diferenciarse desde el origen. No vemos lo mismo y luego disentimos sobre su significado; vemos cosas distintas desde el principio.

Por eso el desacuerdo cambia de forma. Ya no surge, sobre todo, entre posiciones opuestas frente a una realidad compartida, sino en el cruce fallido entre experiencias que apenas coinciden. No discutimos sobre lo mismo desde puntos de vista distintos; hablamos desde entornos que casi no se solapan. Y cuando eso ocurre, el conflicto deja de sentirse como una diferencia que puede trabajarse y empieza a vivirse como una interferencia: algo que irrumpe donde no debería y obliga a detenerse cuando lo que el entorno nos ha acostumbrado a hacer es seguir.

Cierre de sentido y atención digital

Algo parecido ocurre con el sentido. No como una verdad profunda, sino como algo más simple: la sensación de que lo que aparece encaja con nosotros. Que lo que vemos confirma quiénes somos y cómo creemos que funciona el mundo.

Los sistemas de recomendación están diseñados para mantener nuestra atención. Para hacerlo, muestran contenidos parecidos a aquellos con los que ya interactuamos. Con el tiempo, lo que nos interesa aparece más; lo demás, menos. El entorno cotidiano se llena de aquello que ya reconocemos, y el mundo que vemos empieza a parecer coherente, alineado con nuestras preferencias.

Y aquí está el punto decisivo: no es que lleguemos a conocernos mejor. Es que el entorno nos devuelve continuamente la misma versión de nosotros mismos. La repetición crea familiaridad, y la familiaridad genera seguridad. Así, lo que fue una reacción puntual acaba convirtiéndose en el principio que organiza lo que vemos.

De este modo, el mundo empieza a cerrarse sin necesidad de prohibiciones. No porque falte información, sino porque las recomendaciones priorizan aquello que ya nos retenía. No porque no haya opciones, sino porque las mismas vuelven una y otra vez, reforzando la impresión de que el mundo es exactamente como lo vemos. Todo encaja. Incluso lo que falta.

The Matrix y el mito de la ilusión compartida

Frente a esa sensación solemos recurrir a una imagen conocida. Decimos que “vivimos en The Matrix”, como si esta coherencia fuera una gran ilusión colectiva: una mentira impuesta desde afuera, un mundo falso que oculta la verdad. La comparación tranquiliza porque sitúa el problema fuera.

Pero ahí es donde falla. En Matrix todavía existe un mundo común, aunque sea artificial. Todos ven lo mismo y todos podrían despertar al mismo tiempo. El cierre de sentido que experimentamos hoy funciona distinto: no aparece como una mentira única, sino como una coherencia diferente para cada persona. No produce desconocimiento, sino confirmación. Y no hace falta ocultar un exterior: basta con que, poco a poco, salir pierda sentido. No porque ese mundo nos dé todo lo que queremos, sino porque lo explica todo.

El mundo de Truman y la experiencia personalizada

Más que a The Matrix, el problema contemporáneo se parece mucho más a The Truman Show (Peter Weir, 1998). No porque vivamos vigilados, sino porque habitamos decorados individuales: pequeños mundos perfectamente coherentes, organizados por sistemas de recomendación y algoritmos de recomendación que priorizan aquello que mejor retiene nuestra atención digital. Este mecanismo no es accidental: forma parte de una economía de la atención propia del capitalismo digital, donde el tiempo de permanencia se convierte en valor.

El mundo de Truman no es espectacular. No le ofrece riqueza, ni poder, ni una vida extraordinaria. Le ofrece algo mucho más eficaz: previsibilidad. Truman sabe quién es. Sabe qué puede esperar de la vida y qué no. Sabe qué desea y por qué no lo tiene. Incluso su frustración aparece acompañada de una razón clara, asumible.

No viaja porque le da miedo al mar. No sale de Seahaven porque perdió a su padre. No triunfa porque es una persona normal. Nada aparece como una herida abierta que obligue a replantear su vida; todo queda integrado en una cadena de explicaciones razonables. Y ahí está lo más importante: su mundo no está diseñado para hacerlo feliz ni para castigarlo; está diseñado para confirmarlo.

Algo parecido ocurre con las recomendaciones que organizan lo que vemos en redes, plataformas y feeds. Su objetivo no es ofrecernos nuevas perspectivas, sino mantener nuestra atención. Para hacerlo, seleccionan contenidos familiares según lo que ya hemos mostrado que nos retiene. Pueden devolvérnoslo como aspiración o como frustración; les da igual. Lo decisivo es que cada cosa que aparece refuerce la idea que ya tenemos de quiénes somos y de cómo funciona el mundo.

Como en el decorado de Truman, nada debe quedar suelto demasiado tiempo. Si algo nos interesa, aparece más. Si algo nos preocupa, aparecen variaciones. Si algo nos retiene, vuelve. No se trata de que todo salga bien, sino de que todo resulte previsible, de que nada obligue a cambiar de coordenadas.

Así, la ratificación sustituye a la satisfacción. Lo que se mantiene en marcha no es una búsqueda que abre posibilidades, sino una ocupación constante: más contenidos parecidos, más variaciones de lo mismo. Siempre hay un vídeo más, una opinión más, una confirmación más. El flujo no se detiene.

Por eso el sistema no necesita ocultar nada. No hace falta engañar activamente. Basta con que lo diferente aparezca menos y lo familiar ocupe casi todo el espacio. Podemos quejarnos o celebrar; el mecanismo no necesita nuestra adhesión, solo que sigamos dentro.

Dopamina, predicción y reducción de incertidumbre

La pregunta entonces es por qué todo esto funciona tan bien. Y la respuesta no es, en primer lugar, cultural, sino neurobiológica.

Nuestro sistema nervioso no está diseñado para maximizar placer, sino para reducir incertidumbre. El cerebro funciona como un sistema de predicción: construye una idea de cómo es el mundo y de qué lugar ocupamos en él, y anticipa lo que puede ocurrir. Cuando lo que aparece confirma esa idea —aunque no sea especialmente gratificante— el organismo puede organizarse. Cuando la contradice o la deja en duda, se activa la alerta.

También la dopamina, que solemos asociar al placer, está más relacionada con la predicción que con la satisfacción. No se libera principalmente cuando algo es agradable, sino cuando una expectativa se cumple tal como se esperaba. Lo que engancha no es tanto el disfrute pleno como la repetición que mantiene el circuito activo.

Por eso lo que se consolida no es una experiencia intensa, sino una continuidad sin sobresaltos. Lo que atrae es que lo siguiente se parezca a lo anterior, que nada obligue a detenerse, a replantear o a empezar de nuevo.

Este decorado individual, este encaje continuo que parece decirnos quiénes somos y cómo son las cosas, esta repetición constante de contenidos que nos devuelven una y otra vez lo que nos gusta, lo que deseamos, lo que consideramos correcto o importante, podría parecer que funciona. Pero el cuerpo dice otra cosa.

Esa previsibilidad actúa como un alivio inmediato. Reduce la incertidumbre del momento. Evita el esfuerzo de detenerse, de dudar, de replantear. Permite seguir sin interrupciones. Pero precisamente por eso no resuelve nada de fondo. Cada pequeña incomodidad encuentra una distracción rápida. Cada duda se tapa con más contenido. La tensión no desaparece: queda cubierta por la continuidad.

El resultado no es plenitud, sino continuidad sin cierre. Todo parece encajar. Y, sin embargo, lo que se acumula no es satisfacción, sino malestar: fatiga, inquietud, irritación, ansiedad, una tensión de fondo que no termina de resolverse porque nunca llega a enfrentarse.

Al evitar la interrupción, también se evita la elaboración. Y esa acumulación de estímulo sin resolución es lo que el cuerpo registra como cansancio: la sensación de estar siempre ocupado sin que nada termine de ocurrir.

A medida que nos acostumbramos a entornos donde casi todo resulta legible y ajustado a lo que ya conocemos, nuestra tolerancia a lo que no encaja se reduce. La duda, la incertidumbre, el desacuerdo o la diferencia empiezan a vivirse como interrupción. No solo porque el entorno ya no nos entrene para sostenerlos, sino porque está organizado para lo contrario: ofrecer coherencia inmediata, respuestas rápidas, un nuevo encaje cada vez que algo incomoda.

Se vuelve más difícil permanecer ante una pregunta sin respuesta. Mantener una conversación sin cierre claro. Seguir escuchando cuando algo no coincide con lo que esperábamos. Aceptar que lo que pensamos puede cambiar o que lo que creíamos seguro puede no serlo. También se vuelve más difícil mostrarnos sin esa coherencia constante: presentarnos ante los demás no como algo estable, sino como algo abierto, en proceso.

Personalización algorítmica y polarización cotidiana

Durante un tiempo, la ilusión del decorado individual puede vivirse como una solución personal. Un mundo ajustado a uno mismo reduce fricciones, ahorra energía, permite orientarse. El sistema parece cumplir su promesa: todo encaja, todo se explica, nada desborda demasiado.

Pero, por más afinado que esté el decorado, por mucho que queramos sostener la ficción de ese mundo sin fricciones, hay algo que no desaparece: los otros. Siempre están ahí. Y el otro, por definición, no encaja del todo. No puede hacerlo. No debería hacerlo. Ahí es donde el decorado siempre va a fallar.

Una subjetividad entrenada durante años en entornos sin fricción aprende una expectativa muy concreta: que lo que aparece debe ser legible, coherente, predecible. Que las respuestas lleguen rápido. Que las reacciones sigan un patrón reconocible. Que el otro devuelva confirmación, no incertidumbre. Esa expectativa, que funciona frente a una pantalla de recomendaciones ilimitadas, se traslada sin mediación al trato con los demás.

Empezamos entonces a esperar de las personas lo mismo que del entorno algorítmico: que confirmen nuestra imagen, que reaccionen como corresponde, que encajen en el marco que da sentido a nuestra experiencia. Como Truman, levantamos la mano esperando que el tráfico se detenga. Cuando no lo hace, no lo vivimos como diferencia, sino como fallo.

Cuando estos sistemas de recomendación, cada vez más apoyados en modelos de inteligencia artificial, refuerzan recorridos cerrados, el desacuerdo se transforma en polarización. El otro deja entonces de ser alguien diferente y pasa a vivirse como un problema. Y la reacción inicial no suele ser el rechazo, sino la corrección. El otro no es expulsado: es explicado. Se le indica cómo debería pensar, sentir o reaccionar para que el vínculo funcione. Si te ajustas, todo irá bien.

Esa forma de cierre no se presenta como intolerancia, sino como razonabilidad. Pero reducir al otro para que encaje —invalidar lo que ve, corregir su sensibilidad, simplificar su posición— solo puede funcionar bajo una condición imposible: que deje de ser quien es.

El conflicto se vuelve aún más difícil cuando el otro, a su vez, habita su propio decorado. Cuando también cree saber quién es, qué quiere y cómo deberían ser las cosas. En ese punto ya no hay ajuste posible. Hay choque. El encuentro deja de ser un espacio compartido y se convierte en una disputa silenciosa entre formas de mundo. Cada uno se vive como el que tiene sentido, el que ve con claridad, el que está en lo cierto.

Se instala entonces una lógica de vencedores y vencidos: quién tiene que adaptarse, quién debe ceder. El vínculo deja de abrirse y empieza a cerrarse. Y cuando ese cierre falla —y siempre falla— aparece la agresión, muchas veces simbólica: ridiculizar, etiquetar, reducir al otro a caricatura, desautorizarlo en una frase. No busca comprender ni convencer; busca restaurar coherencia. Volver a sentir que el mundo encaja.

Y cuando ni siquiera eso alcanza, llega la retirada. Cortar la conversación. Bloquear. Apartarse. Volver a un entorno donde nada incomoda y todo confirma. Cuanto más difícil se vuelve habitar un mundo compartido, más necesidad sentimos de refugiarnos en un espacio que nos devuelva una imagen estable de nosotros mismos. Pero esa retirada no resuelve el problema: lo entrena. Hace al otro todavía menos tolerable la próxima vez.

Salir del decorado: incertidumbre frente a ratificación

Así, lo que comenzó como una supuesta solución personal termina produciendo un efecto colectivo: la imposibilidad creciente de convivir con los demás. No porque el mundo compartido haya desaparecido, sino porque lo compartido deja de organizar y queda como ruido de fondo frente al decorado de cada uno.

Ese es el punto decisivo. El decorado no fracasa porque no funcione, sino porque funciona demasiado bien. Porque explica todo. Porque no deja fisuras. Porque no exige nada que no sea encajar. Y vivir así —más tarde o más temprano— deja de ser suficiente. No porque aparezca una verdad luminosa, sino porque una vida completamente ratificada empieza a parecerse peligrosamente a una vida ajena.

Ningún ser humano puede vivir indefinidamente para sostener el sentido de otros. Ningún ser humano puede exigir indefinidamente que otros sostengan el suyo. La experiencia compartida no se deja reducir a una puesta en escena. El otro no es un elemento del decorado. Nunca lo fue.

Truman —true-man, “hombre verdadero”— es el sujeto perfecto del decorado. Sabe quién es, qué quiere y qué lugar ocupa. No duda. No desborda. No introduce ruido. Funciona exactamente como debería funcionar. En el set, cada persona es parte del decorado y vive para sostener su mundo. En la vida real, sin saberlo, Truman vive para sostener el mundo de millones que lo miran.

Truman funciona para todos. Y, sin embargo, falla en un punto decisivo: él mismo.

Truman no sale porque sepa qué hay fuera. Sale de su decorado porque dentro ya no queda nada por descubrir. Porque un mundo que lo explica todo es un mundo que lo clausura todo. Truman entiende que cuando todo está decidido de antemano —cuando ya no va a encontrarse con nada ni con nadie que no esté previsto, y cuando tampoco nadie podrá verlo más allá de lo que ya esperan de él— lo único que queda es la repetición.

Una repetición sin riesgo, sin sorpresa, sin posibilidad de cambiar ni de ser cambiado. Un mundo en el que todo encaja, pero nada ocurre de verdad.

Continuar leyendo...