¿Por qué el móvil es la nueva gasolina -con plomo-?

¿Por qué el móvil es la nueva gasolina -con plomo-?

Durante buena parte del siglo XX, millones de personas respiraron plomo a diario sin saberlo. No se trataba de una exposición excepcional ni de un accidente industrial localizado, sino de una condición ambiental generalizada, sostenida durante décadas. El plomo estaba en la gasolina, en el aire de las ciudades, en el polvo doméstico y, finalmente, en la sangre de la población. No producía escenas espectaculares de catástrofe. No había colapsos inmediatos ni epidemias visibles. Precisamente por eso fue tan peligroso. El daño que producía no era dramático, sino estadístico: un deterioro lento, distribuido y normalizado de capacidades humanas básicas.

El plomo comenzó a añadirse a la gasolina en los años veinte del siglo pasado, en forma de tetraetilo de plomo. La razón era puramente técnica y económica: mejoraba el rendimiento de los motores, reducía el golpeteo y permitía diseños más baratos y potentes. Desde el inicio hubo señales claras de toxicidad. En las propias plantas de producción se documentaron intoxicaciones agudas, brotes de psicosis, convulsiones y muertes entre trabajadores. Estos episodios fueron registrados en informes médicos contemporáneos. No se trataba de desconocimiento, sino de una decisión consciente de continuar.

Durante más de cincuenta años, se liberaron millones de toneladas de plomo directamente a la atmósfera, sobre todo en zonas urbanas densamente pobladas. El escape de los automóviles convertía el plomo en partículas finas que se inhalaban y se depositaban en el suelo, en viviendas, escuelas y parques. La exposición fue prácticamente universal. En las décadas centrales del siglo XX, la mayoría de la población urbana de los países industrializados tenía niveles elevados de plomo en sangre, incluidos niños pequeños.

A partir de los años cincuenta, gracias al trabajo de científicos como Clair Cameron Patterson, quedó demostrado que los niveles de plomo en el ambiente moderno no tenían precedentes históricos. Patterson mostró que la concentración de plomo en el cuerpo humano se había multiplicado varias veces respecto a los niveles naturales previos a la industrialización. Lo decisivo no fue solo constatar la contaminación, sino demostrar algo aún más perturbador: no existía un umbral seguro de exposición. Incluso cantidades muy bajas, muy por debajo de las que causaban síntomas clínicos evidentes, producían daño neurológico medible, especialmente en cerebros en desarrollo.

En los años setenta y ochenta, los datos epidemiológicos se volvieron imposibles de ignorar. Estudios longitudinales en distintos países mostraron que incrementos de apenas 10 microgramos de plomo por decilitro de sangre se asociaban con pérdidas de entre 2 y 7 puntos de coeficiente intelectual en niños. No se trataba de casos extremos, sino de desplazamientos de la media poblacional. La curva completa del rendimiento cognitivo se movía hacia abajo. Además del coeficiente intelectual, se observaron deterioros persistentes en funciones cognitivas clave: atención, memoria, planificación, regulación emocional y control de impulsos. Estos efectos eran irreversibles cuando ocurrían en la infancia. No se corregían con educación, ni con estimulación posterior, ni con mejoras socioeconómicas.

Aquí conviene subrayar algo que suele olvidarse: no hablamos de unos pocos niños gravemente intoxicados, sino de generaciones enteras con un potencial cognitivo ligeramente reducido. A escala individual, el efecto podía parecer pequeño. A escala social, fue enorme. Millones de personas con menos capacidad de concentración, menor autocontrol y mayor impulsividad media.

Durante décadas, esta evidencia fue sistemáticamente resistida. La negación no consistió en afirmar que el plomo era inocuo, sino en algo mucho más eficaz: dilatar la conclusión. Se exigían pruebas absolutas, se relativizaban los resultados, se atribuían los problemas a factores educativos, familiares o culturales. La inatención era un problema escolar, la impulsividad un problema de crianza, la violencia un problema moral o económico. El entorno quedaba fuera del diagnóstico. Reconocer el daño del plomo implicaba cuestionar una infraestructura industrial completa y asumir costes económicos colosales. Durante mucho tiempo, esa conclusión fue políticamente inaceptable.

El giro decisivo llegó cuando, décadas después, los análisis retrospectivos empezaron a revelar un patrón inesperado. A partir de los años noventa, las tasas de criminalidad violenta comenzaron a descender de forma abrupta y sostenida en Estados Unidos y en otros países industrializados. La magnitud y la duración de esa caída no encajaban del todo con las explicaciones habituales —cambios en las políticas penales, variaciones económicas o transformaciones demográficas—. Algo importante estaba ocurriendo, pero no en el presente: había ocurrido mucho antes.

Investigadores como Rick Nevin mostraron que la evolución de la criminalidad seguía, con notable precisión y con un desfase de aproximadamente veinte a veinticinco años, las curvas de exposición infantil al plomo. Allí donde la exposición al plomo había sido elevada en una generación, las tasas de violencia aumentaban cuando esa generación alcanzaba la edad adulta. Y allí donde la exposición comenzó a descender tras la retirada progresiva del plomo de la gasolina, la criminalidad descendió después, generación mediante.

Este patrón se repitió en múltiples países con historias industriales distintas, pero con una secuencia temporal similar: primero aumentaba la exposición infantil al plomo; años más tarde, aumentaba la violencia. Cuando la exposición se reducía, la violencia caía después. No se trataba de una coincidencia local ni de un efecto aislado. Incluso controlando variables como pobreza, desempleo, políticas de encarcelamiento o urbanización, la relación se mantenía. La conclusión era incómoda, pero consistente: una parte significativa de la violencia adulta tenía raíces ambientales en la infancia, y esas raíces estaban literalmente en el aire que se había respirado décadas antes.

La neurociencia explicó qué estaba ocurriendo en el desarrollo del cerebro. El plomo interfiere en el desarrollo de la corteza prefrontal, la región cerebral responsable del control de impulsos, la regulación emocional, la planificación y la toma de decisiones. No “crea criminales”. Lo que hace es reducir el umbral medio de autocontrol. A nivel individual, el efecto puede ser imperceptible. A nivel poblacional, desplaza la distribución del comportamiento. Un pequeño aumento medio de la impulsividad basta para producir grandes cambios en fenómenos sociales como la violencia.

Por eso hoy este caso se enseña en criminología, epidemiología y salud pública. No como una curiosidad histórica, sino como un ejemplo canónico de causalidad ambiental diferida. Enseñarlo significa algo muy preciso: que se utiliza como modelo para mostrar cómo un factor ambiental puede alterar conductas sociales complejas décadas después, sin necesidad de invocar causas morales, culturales o individuales. Se enseña para explicar cómo funcionan los daños invisibles, acumulativos y distribuidos de un entorno ambiental comprometido.

Cuando finalmente se retiró el plomo de la gasolina, el efecto fue inmediato y mensurable. En Estados Unidos y Europa, los niveles de plomo en sangre infantil cayeron entre un 80 y un 90 % en pocos años. Paralelamente, mejoraron indicadores cognitivos y disminuyeron conductas violentas. No hubo una reforma moral colectiva. Nadie tuvo que aprender a concentrarse mejor. Cambió el aire.

Conviene detenerse en algo muy elemental: si hoy cualquier persona carga combustible “sin plomo”, no es por preferencia, ni por una moda ecológica tardía, ni por un exceso de celo regulatorio. Es porque el plomo causó un daño masivo, real y exhaustivamente documentado. La gasolina sin plomo no es una opción entre otras: es el resultado de una corrección histórica forzada por la evidencia científica.

La infraestructura energética global fue modificada porque durante décadas se demostró que el plomo deterioraba la salud pública a gran escala. Motores, refinerías, normativas internacionales y estándares industriales tuvieron que adaptarse. Ese cambio no se produjo por consenso moral, sino porque los datos epidemiológicos hicieron insostenible la continuidad del modelo anterior. Cada depósito que hoy se llena con gasolina sin plomo es una huella material de ese proceso: la prueba cotidiana de que una sociedad entera tuvo que aceptar que había estado dañando silenciosamente sus propias capacidades humanas durante generaciones.

Entender esto es crucial, porque muestra cómo funcionan los daños ambientales reales. No aparecen como catástrofes visibles, sino como normalidades corregidas a posteriori. El problema del plomo no se resolvió apelando a la responsabilidad individual ni a la educación moral. Se resolvió cuando se aceptó que el entorno estaba dañado. Lo que hoy se vive como obvio —que el combustible no contenga plomo— fue durante décadas impensable. Y solo parece obvio porque el daño ya fue reconocido, medido y corregido.

El caso del plomo importa no solo por lo que ocurrió, sino por lo que enseña sobre la forma en que las sociedades reconocen —o no— los daños ambientales mientras están ocurriendo. Enseña que los efectos más profundos no siempre adoptan la forma de enfermedades visibles, sino de desplazamientos silenciosos del funcionamiento humano normal. Enseña que un entorno puede deteriorar capacidades cognitivas y conductuales sin producir alarma inmediata, precisamente porque el daño se distribuye, se normaliza y se confunde con rasgos individuales. Y enseña, sobre todo, que la corrección del daño suele llegar tarde, cuando sus efectos ya han quedado inscritos en generaciones enteras.

Con esto en mente, el teléfono móvil puede entenderse de otro modo. No como una herramienta más, ni como un simple objeto de uso personal, sino como un elemento ambiental. Un agente que no actúa por contacto puntual, sino por exposición continua, y que modifica de manera estable las condiciones en las que se desarrolla la vida cotidiana.

El plomo no era peligroso porque alguien lo inhalara una vez, sino porque estaba en todas partes: en el aire, en el polvo, en las personas. El móvil funciona de forma análoga. No provoca sus efectos por un uso ocasional o excesivo, sino porque está siempre presente. Acompaña cada ocasión, cada espera, cada instante. Se ha insertado en la estructura misma del tiempo diario. Y cuando un elemento ocupa de forma constante el entorno, deja de ser un objeto y pasa a organizar la experiencia diaria.

El daño ambiental del móvil empieza ahí: en la alteración sistemática del ritmo de la atención de la población. La atención humana no funciona como un interruptor que pueda encenderse y apagarse indefinidamente sin coste. Necesita continuidad para estabilizarse. Cada interrupción tiene un precio cognitivo. El entorno digital, organizado en torno al móvil, introduce interrupciones constantes: notificaciones, mensajes, alertas, contenidos prácticamente ilimitados, seleccionados algorítmicamente de forma personalizada para captar la atención de cada uno de nosotros. No importa que se respondan o no. La sola posibilidad de interrupción ya fragmenta la atención.

Las consecuencias de un entorno que interrumpe de forma constante la atención no aparecen como una catástrofe visible. Aparecen como una transformación lenta de la experiencia cotidiana. Por eso cuesta nombrarlas. No se viven como daño, sino como forma de vida.

Una de las primeras cosas que se resiente es la capacidad de sostener una idea en el tiempo. Pensar no consiste en reaccionar a estímulos ni en acumular información, sino en mantener una pregunta abierta el tiempo suficiente como para que algo se organice alrededor de ella. Cuando la atención es interrumpida una y otra vez, ese tiempo desaparece. Se leen fragmentos, se entienden partes, se reconocen temas, pero cuesta mantener un hilo. El pensamiento se vuelve episódico. No falta inteligencia ni acceso a contenidos; falta continuidad mental. Esto se vive como dispersión, como dificultad para concentrarse, como la sensación persistente de no llegar nunca al fondo de nada.

Ese mismo mecanismo afecta al deseo, pero de una forma más profunda y menos evidente. El deseo humano no es simplemente querer algo, sino poder sostener una falta, una pregunta, una orientación. Desear implica demora: no saber del todo qué se quiere y, aun así, permanecer ahí. En un entorno saturado de estímulos, esa demora se vuelve casi imposible. Cada vez que aparece una incomodidad, una duda o un vacío, surge de inmediato otra cosa que ocupa su lugar. El deseo no desaparece; se fragmenta. Se sustituye por impulsos sucesivos, por una cosa tras otra, sin que ninguna llegue a constituirse como sentido. Se empieza mucho y se abandona rápido. El resultado no es entusiasmo, sino apatía: no una falta de estímulos, sino una saturación que vacía de significado. Nada termina de importar lo suficiente como para sostenerse en el tiempo.

Esta apatía convive, de forma paradójica, con una hiperestimulación constante. Se consume contenido sin parar, se responde a todo, se está siempre disponible, pero cuesta reconocer un deseo propio, una dirección, un proyecto personal. La vida se llena de actividad y se vacía de orientación. No por indiferencia, sino por desgaste.

Este desgaste se manifiesta también en el descanso y el sueño. Un entorno de estimulación continua mantiene al sistema nervioso en un estado de activación prolongada. El móvil acompaña hasta el último momento del día y suele reaparecer al despertar. El descanso se fragmenta. Se duerme, pero no se descansa. El cansancio deja de ser consecuencia de un esfuerzo concreto y se convierte en un estado habitual. Y, de nuevo, el problema rara vez se identifica como ambiental. Se trata como un problema individual. Aparecen soluciones farmacológicas para dormir, para concentrarse, para rendir, para calmar la ansiedad. Se actúa sobre los síntomas —insomnio, fatiga, dificultad de atención— sin modificar el entorno que los produce. Se trata la consecuencia, no la causa.

En paralelo, se debilita algo central para la vida adulta: la capacidad de iniciar y sostener acciones propias. No acciones reactivas, sino aquellas que requieren atravesar un momento inicial sin recompensa inmediata: leer, escribir, estudiar, decidir, ordenar la propia vida. Muchas personas describen la misma experiencia: están constantemente ocupadas, pero les cuesta enormemente empezar lo que consideran importante. El entorno ofrece estímulos continuos que alivian de inmediato la incomodidad del comienzo de algo que no tiene una recompensa instantánea. Con el tiempo, esa incomodidad deja de ser algo que se atraviesa y pasa a ser algo que se evita.

Aquí ocurre algo más grave que la simple procrastinación. No solo se delegan decisiones pequeñas —qué mirar, qué leer, qué escuchar—, sino que se debilita la experiencia misma de ser uno quien decide. La responsabilidad no desaparece como exigencia moral, pero sí como vivencia cotidiana. Se exige responsabilidad a individuos que, poco a poco, pierden las condiciones necesarias para ejercerla. No porque no quieran, sino porque el entorno reduce el espacio en el que una decisión puede madurar.

Este proceso tiene efectos directos en la esfera colectiva. Cuando la atención es frágil y el deseo no logra sostenerse, la vida pública se transforma. No porque las personas “no piensen”, sino porque pensar en común exige tiempo, continuidad y tolerancia a la complejidad. En un entorno de interrupción permanente, los discursos largos pierden atractivo, los matices se vuelven invisibles y las emociones intensas ocupan el centro.

Aquí la polarización política no es un accidente. Es funcional al medio. Y no opera principalmente apelando a afectos positivos, sino a algo mucho más eficaz: el odio, la indignación y la hostilidad. Estos afectos capturan la atención de forma inmediata, simplifican la realidad en enemigos claros y reducen al mínimo la necesidad de elaborar un argumento. El odio no exige comprensión ni espera; ofrece sentido instantáneo. En un entorno que dificulta la reflexión sostenida, este tipo de afectos circula mejor que cualquier argumento complejo.

La consecuencia no es la ignorancia, sino una dificultad creciente para elaborar ideas en común. Aquello que requiere tiempo, matices o un desarrollo sostenido resulta cada vez más difícil de mantener. En cambio, los relatos simples, cargados de emoción negativa, tienden a imponerse. El conflicto se intensifica no porque haya más desacuerdo, sino porque disminuye la capacidad de sostener una conversación sin que derive en ruptura.

Todo esto tiende a vivirse como rasgos personales o como el simple signo de una época: falta de disciplina, cansancio, dificultad para concentrarse, apatía. Se experimenta como algo propio o como lo normal hoy en día. Exactamente igual que ocurrió durante décadas con el plomo. El daño ambiental no se reconoce como tal: se interioriza, se psicologiza, se medicaliza, se moraliza. Y, mientras tanto, el entorno permanece inalterado.

Aquí, el daño causado por el plomo nos dice algo decisivo: no se corrigió pidiendo a las personas que respiraran mejor ni apelando a su responsabilidad individual. Se corrigió cuando se aceptó que el problema estaba en el entorno y que la respuesta debía ser colectiva. Mientras se intentó corregir a las personas, el daño continuó.

Lo mismo ocurre hoy. Un entorno que fragmenta la atención de forma constante y omnipresente, desde que uno se despierta hasta que finalmente logra dormirse, no puede corregirse solo con autocontrol. La interrupción ya no es puntual: acompaña cada momento del día. Este entorno debilita la iniciativa, dificulta el comienzo de acciones que no ofrecen recompensa inmediata y erosiona la capacidad de elaborar ideas que requieren tiempo, cuidado e interés sostenido. Lo que no es inmediato, lo que no responde al instante, lo que exige espera, tiende a quedar anulado.

En ese contexto, el deseo se transforma. En lugar de sostenerse como pregunta o como orientación, se resuelve en un acto ininterrumpido de consumo: una cosa tras otra, sin que ninguna alcance. La insatisfacción no se vive como falta, sino como necesidad de más estímulo. No hay pausa suficiente para que algo adquiera sentido. Se llena el tiempo, pero no se elabora la experiencia.

Pensar exige tolerar no saber, sostener preguntas abiertas, aceptar la complejidad. Cuando la atención está permanentemente capturada, la duda se vuelve incómoda y se busca cerrarla cuanto antes. De ahí la facilidad con la que prosperan posiciones rígidas, identidades cerradas y relatos simples. La polarización ideológica y política no es solo un fenómeno discursivo: es coherente con un medio que premia la certeza inmediata y penaliza la reflexión.

Nada de esto se corrige pidiendo más disciplina individual. Pedir autocontrol en un entorno diseñado para interrumpir constantemente  es tratar como problemas personales lo que son efectos ambientales.

Pensar el móvil como la nueva gasolina con plomo es reconocer un patrón ya conocido. Un entorno omnipresente que optimiza el funcionamiento económico y social de un sistema mientras erosiona, de forma lenta y distribuida, capacidades humanas básicas. La pregunta final no es si cada individuo puede adaptarse mejor, sino si una sociedad está dispuesta a seguir aceptando como normal un deterioro que, como ocurrió antes, solo se vuelve plenamente visible cuando ya ha dejado huella en generaciones enteras.

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