¿Por qué la Inteligencia Artificial supone el fin del capitalismo? · Parte II: El fin como final

¿Por qué la Inteligencia Artificial supone el fin del capitalismo? · Parte II: El fin como final

En la primera parte examinamos el significado ambiguo de la palabra fin. Recordábamos que, en español, fin nombra tanto una meta como una terminación, y que esa doble condición procede del término griego télos, donde meta y final no se excluyen, sino que forman dos caras del mismo movimiento. Allí exploramos el fin como meta: la orientación interna del capitalismo neoliberal hacia la automatización total, la reducción progresiva del papel humano y la búsqueda de una eficiencia sin fricción. La inteligencia artificial aparecía entonces como la tecnología capaz de realizar plenamente ese impulso histórico.

En esta segunda parte nos situamos en la otra acepción del término: el fin como final. No la dirección hacia la que avanza un sistema, sino el punto en el que esa trayectoria, al cumplirse plenamente, revela su límite. El final entendido no como interrupción externa, sino como la consumación de un proceso que, al realizarse por completo, se agota a sí mismo.

Durante siglos, el capitalismo se presentó como un régimen inseparable de la actividad humana. Necesitaba personas para producir, manos para fabricar, mentes para organizar, deseos para consumir. Su vitalidad dependía de la vida. Pero esa dependencia nunca fue un principio moral; era una limitación técnica. Allí donde el ser humano introducía lentitud, incertidumbre o imprevisibilidad, el sistema buscó sustituirlo.

La inteligencia artificial marca el punto en que esa sustitución se vuelve cualitativamente distinta. No se limita a automatizar tareas físicas o rutinarias: automatiza creación, interpretación, coordinación, planificación, recomendación, monitorización y decisión. Aproximadamente el 65 % del empleo mundial se concentra hoy en el sector servicios: administración, finanzas, logística, educación, comercio, atención al cliente, transporte, salud, burocracia, mercado digital. Es precisamente ese terreno —el de la cognición aplicada, la comunicación, la organización y el análisis— el que la IA comienza a ocupar de manera masiva.

Las estimaciones varían, pero convergen en un orden de magnitud inquietante. Estudios recientes del McKinsey Global Institute, la OCDE y del World Economic Forum coinciden en que entre un 30 % y un 60 % de las tareas del trabajo en servicios son técnicamente automatizables mediante sistemas de inteligencia artificial. Estas cifras no describen un escenario lejano, sino un potencial que ya es viable con las capacidades actuales de los modelos de IA generativa y de análisis avanzado, aunque su implantación completa dependa de decisiones empresariales y marcos regulatorios.

Traducido a personas, ese rango implica que cientos de millones de trabajadores de la llamada “clase media global” —empleados administrativos, técnicos, contables, comerciales, analistas, personal de soporte, profesionales del conocimiento— se encuentran expuestos a que su función deje de ser necesaria, no por incompetencia o falta de productividad, sino porque el sistema ha encontrado una forma más eficiente de operar sin ellos.

La economía puede circular, crecer, optimizar, predecir y acumular sin que una parte enorme de la población participe ya en ese circuito. La máquina sigue funcionando, pero lo hace prescindiendo cada vez mas de quienes antes eran necesarios para sostenerla. Ese desplazamiento —la continuidad del sistema aun cuando reduce drásticamente la necesidad de sujetos— constituye uno de los primeros indicios de que el proceso está alcanzando un nuevo umbral.

La forma actual del capitalismo: cuatro décadas de concentración acelerada

Durante más de cuarenta años, la lógica del capitalismo neoliberal ha operado sin frenos significativos. No se trata de una predicción ni de un escenario hipotético: los efectos están plenamente visibles en los datos actuales de distribución de riqueza. Hoy, el 1 % más rico del planeta —unos 80 millones de personas— concentra cerca de la mitad de toda la riqueza mundial y controla alrededor del 45 % de los activos financieros existentes. Controlar los activos financieros significa, en la práctica, controlar el capital, y por tanto controlar la generación futura de riqueza: es decidir qué sectores crecen, qué empresas prosperan y qué parte del excedente se redistribuye o se retiene.

En el extremo opuesto, la mitad más pobre de la población mundial —unos 4.000 millones de personas— accede apenas a menos de un 1 % de la riqueza global. En los últimos años, mientras el 1 % más rico capturaba más del 60 % de la nueva riqueza creada, el 50 % más pobre recibió menos del 1 %. Esta no es una anomalía coyuntural: es la forma estable del sistema desde hace al menos dos décadas, consolidada en ciclos sucesivos de financiarización, desregulación y concentración patrimonial.

Si ampliamos la mirada hacia el 10 % superior, la estructura adquiere su forma más reveladora. Ese 10 % —unos 800 millones de personas, incluyendo al 1 % más rico— concentra en torno al 75 % de toda la riqueza mundial. La consecuencia es directa: el 90 % restante de la humanidad, más de 7.000 millones de personas, comparte únicamente el 25 % de la riqueza total.

Debajo de este vértice del 10 % se encuentra el 40 % intermedio, unos 3.200 millones de personas, la llamada “clase media global”. Este grupo dispone de alrededor del 24 % de la riqueza mundial, una proporción que lleva más de cuatro décadas reduciéndose en términos relativos. Es un segmento que trabaja, produce y sostiene administraciones, empresas y servicios, pero cuyo peso económico se ha ido erosionando progresivamente bajo el marco neoliberal: salarios estancados, encarecimiento del coste de vida, pérdida de poder adquisitivo, endeudamiento creciente y una exposición constante a la inestabilidad laboral. No es un sector pobre, pero sí un sector cada vez más frágil, donde la distancia entre estabilidad y precariedad se ha vuelto más estrecha que en ningún otro momento reciente.

En la base de la pirámide está el 50 % más pobre: unos 4.000 millones de personas que comparten, en conjunto, tan solo entre el 0,6 % y el 1 % de la riqueza del planeta. Pero esta cifra, por abrumadora que sea, solo adquiere sentido cuando se la inscribe en su trayectoria histórica: llevamos más de cuatro décadas con un sistema que excluye de manera sistemática y estable a la mitad de la humanidad. No se trata de un accidente coyuntural ni de una oscilación económica, sino de una estructura que, año tras año, consolida la irrelevancia material de uno de cada dos habitantes del mundo.

Esa exclusión prolongada tiene consecuencias concretas, inmediatas y profundamente físicas: dificultades crónicas para acceder a alimentos suficientes y de calidad; sistemas de salud colapsados o inaccesibles; escolarización intermitente o precaria; viviendas inestables, hacinadas o directamente inexistentes; vidas atravesadas por la inseguridad, la informalidad laboral y la ausencia de cualquier forma de protección social.

Por último, y para entender cómo opera la concentración de riqueza incluso dentro de la propia élite global, basta con volver a mirar al 1 % más rico —unos 80 millones de personas— y desglosarlo en sus tres niveles internos. Aunque ese 1 % concentra aproximadamente la mitad de toda la riqueza del planeta, esa mitad no está distribuida de manera uniforme, sino estratificada en una jerarquía extremadamente marcada.

En la cúspide se sitúa el 0,01 % superior, alrededor de 800.000 personas, que poseen cerca del 12 % de la riqueza mundial. Justo debajo aparece el 0,09 % siguiente, unos 7,2 millones de individuos, que acumulan en torno al 16 %. Y finalmente, el restante 0,9 % —aproximadamente 72 millones de personas— reúne en conjunto alrededor de un 22 % de la riqueza global.

Así, la mitad de los recursos del planeta se concentra en un segmento demográfico que, a su vez, está internamente ordenado por niveles de acumulación que multiplican la desigualdad incluso dentro de la propia élite. No se trata solo de que el 1 % domine la mayor parte del patrimonio mundial, sino de que dentro de ese 1 % existen abismos que reproducen a pequeña escala la misma lógica de concentración extrema que caracteriza al sistema en su conjunto.

La historia de la humanidad muestra que la mente humana siempre encuentra estrategias para soportar lo insoportable, para tolerar lo intolerable y, cuando no queda otra salida, para mirar sin ver. Pero hay momentos en que esa capacidad de adaptación se vuelve un obstáculo: impide comprender la magnitud de aquello que tenemos delante. Para entenderlo basta un ejemplo sencillo.

Hoy, tras cuarenta años de un proceso sostenido de concentración económica, una familia de cuatro integrantes perteneciente a la clase media global dispone de una riqueza equivalente a la de 120 personas del tramo más pobre de la población mundial. Esa desproporción ya resulta difícil de asimilar, pero sigue siendo legible dentro de nuestra intuición social: podemos imaginar un centenar de vidas, podemos incluso visualizar su fragilidad.

Lo que ocurre en la cúspide de la pirámide, sin embargo, desafía cualquier escala humana. Una familia de cuatro del 0,01 % más rico del planeta posee recursos equivalentes a los de unas 250.000 personas del 50 % más pobre. Sí: en términos patrimoniales, cuatro personas reúnen lo que necesitarían un cuarto de millón de seres humanos en la base de la distribución.

Si lo primero era desconcertante, esto roza lo irrepresentable. Pensar que una sola mesa de cuatro comensales concentra el equivalente económico de unas 250.000 personas del extremo más pobre de la distribución —y que esta diferencia no solo existe, sino que lleva cuarenta años ampliándose de forma continua, medida, documentada y administrada— desborda cualquier escala intuitiva. Es una desproporción que nuestra percepción no puede abarcar y que, sin embargo, es estructural al funcionamiento del mundo en que vivimos.

La inteligencia artificial y el capitalismo: cuando la meta se convierte en final

La inteligencia artificial no llega a un sistema neutro, sino a un orden que lleva más de cuarenta años orientado a concentrar riqueza, reducir costes y funcionar con la menor fricción humana posible. En ese contexto, la IA no transforma la lógica del capitalismo neoliberal: la perfecciona. Actúa como una tecnología que vuelve operativa una intención que el sistema arrastra desde hace décadas. Y al hacerlo, reconfigura de arriba abajo la pirámide social.

Su impacto no es homogéneo: refuerza la posición del 10 % superior, erosiona hasta volver irrelevante al 40 % intermedio, y profundiza la exclusión del 50 % inferior, ya consolidada desde hace décadas. La meta histórica del sistema —funcionar con el mínimo de dependencia humana— se aproxima a su culminación. Y en ese punto, la meta se vuelve final.

El 10 % más rico: automatización y autonomía del capital

Para el 10 % superior —el bloque que reúne tres cuartas partes de la riqueza mundial— la inteligencia artificial no es amenaza, sino acelerador. No viene a desplazar su posición, sino a ampliarla. La estructura productiva contemporánea ya había dejado claro que la riqueza del estrato alto no procede del salario, sino de la propiedad de activos financieros. Y es precisamente en ese terreno donde la IA introduce el salto más profundo.

La financiarización ha llevado al planeta a niveles de deuda que triplican el tamaño de la economía real. Cada día, los mercados especulativos mueven volúmenes de capital muy superiores a los de la producción material. La IA convierte esta tendencia en automatismo: sistemas que arbitran precios, algoritmos que corrigen mercados, modelos que deciden en microsegundos el destino de miles de millones sin intervención humana. El capital ya no necesita producir para crecer: le basta con operar. En el 10 % superior, esto equivale a algo decisivo: la riqueza se desconecta por completo de la vida humana.

La IA refuerza esa desconexión. Permite aumentar márgenes sin aumentar plantillas; sustituir trabajo sin aumentar salarios; ampliar operaciones sin ampliar riesgos políticos. El capital se vuelve más abstracto, más automático, más autónomo. La economía, en este tramo, se independiza de cualquier referencia material a la sociedad.

No necesita nuestra fuerza, ni nuestras decisiones, ni nuestra atención, ni siquiera nuestro deseo. La vida queda fuera del circuito principal del valor. En su vértice, el capitalismo deja de ser un sistema humano y se convierte en una maquinaria que se reproduce a sí misma.

El 40 % intermedio: la clase media ante la automatización cognitiva

La transformación más profunda no se manifiesta primero en la base empobrecida, sino en el amplio tramo que va del 10 % al 50 % de la distribución: ese 40 % intermedio que durante décadas encarnó la promesa de estabilidad, ascenso social y normalidad en las democracias capitalistas. Fue el espacio simbólico de la ciudadanía plena: quienes sostenían oficinas, escuelas, hospitales, empresas de servicios, administraciones públicas; quienes gestionaban trámites, atendían a clientes, analizaban datos, producían informes, coordinaban procesos, diseñaban estrategias, asesoraban, mediaban, organizaban. Eran, literalmente, la infraestructura humana del sistema.

Y es precisamente ahí —en ese tejido de tareas cognitivas, organizativas y relacionales— donde la automatización irrumpe con mayor fuerza. Cuando un modelo de IA puede atender simultáneamente a miles de usuarios, redactar documentos, filtrar currículos, evaluar riesgos, escribir contratos, sugerir diagnósticos, planificar rutas o generar contenidos, lo que se automatiza no es un borde, sino el núcleo funcional de estos empleos.

La consecuencia emerge en dos planos estrechamente unidos.
Por un lado, una sustitución progresiva y masiva, que empuja a millones de profesionales hacia formas de degradación laboral: tareas fragmentadas, salarios más bajos, menos estabilidad, menos protección. Cada ciclo de innovación reduce la necesidad de trabajadores, y cada reestructuración empresarial desplaza a un nuevo grupo hacia la periferia económica.

Por otro lado, una concentración aún mayor del poder económico, porque la reducción de costes y la centralización de decisiones se traducen directamente en más beneficios para el 10 % superior. La productividad que libera la automatización no desciende; asciende.

Así, este 40 % deja de ser la columna vertebral del sistema y empieza a ser tratado como excedente potencial: útil mientras garantice eficiencia y continuidad, pero disponible para ser sustituido en cuanto la lógica algorítmica lo permita. La irrelevancia funcional, que durante décadas marcó el destino de la mitad más pobre, se proyecta ahora sobre uno de los grupos más amplios y simbólicamente centrales de la sociedad.

La promesa de estabilidad que definió a la clase media global se deshace por dentro, no por una crisis puntual, sino por una reconfiguración técnica que convierte su función social en algo que ya puede ser realizado —y optimizado— sin ellos.

El 50 % más pobre: cuatro décadas de irrelevancia estructural

Para el 50 % más pobre del planeta, la IA no inaugura nada nuevo: continúa un proceso que lleva cuarenta años en marcha. Este grupo ya había sido excluido de la distribución efectiva de la riqueza: vivía con menos del 1 % del patrimonio global y con acceso precario a comida, salud, educación y vivienda.

No se trata de un fenómeno reciente, ni de una disfunción temporal, sino de un patrón sostenido y plenamente documentado: durante cuatro décadas, el sistema ha demostrado que puede funcionar dejando fuera, de manera estable, a la mitad de los seres humanos. Su exclusión no fue accidental: fue estructural.

La inteligencia artificial no revierte este proceso; lo consolida. No porque ataque directamente a este grupo, sino porque simplemente lo ignora. El sistema ya aprendió a operar sin ellos. No dependen de su trabajo, ni de su consumo, ni de su integración política. La IA no hace más que perfeccionar una dinámica preexistente: sigue optimizando procesos que nunca tuvieron en cuenta a esta mitad del mundo. Esta exclusión se consolida en su continuidad: una condición permanente de funcionamiento.

La culminación del télos capitalista: un sistema sin lugar para casi nadie

La exclusión siempre formó parte de la arquitectura capitalista: pobreza, periferias, trabajos invisibles, ejércitos de reserva. Pero había un rasgo decisivo: incluso el excluido seguía siendo, en potencia, fuerza de trabajo. Su tiempo, su cuerpo, su conocimiento podían ser absorbidos cuando la economía lo necesitaba. Había explotación, pero todavía había un vínculo, una puerta entreabierta hacia la integración.

Hoy emerge otra categoría: la irrelevancia funcional. Ya no se trata de ser explotado con salarios bajos o en condiciones duras, sino de no ser necesario en absoluto. De no ser requerido para producir, para coordinar, para gestionar, ni siquiera para consumir de forma determinante. Cuando la mitad más pobre del planeta posee en conjunto apenas un 1 % de la riqueza, y cuando una parte creciente del 40 % intermedio ve erosionarse su estabilidad material, lo que se configura no es un régimen de explotación intensiva, sino un régimen de abandono estructural.

La inteligencia artificial amplifica esta deriva al desplazar no solo tareas, sino funciones enteras. Producción, análisis, coordinación, circulación, distribución, decisión, generación de contenido: cada uno de estos ámbitos puede operar con una intervención humana mínima o directamente nula. El sistema deja de necesitar al sujeto y, en consecuencia, deja de tener interés en sostenerlo.

Durante siglos, mientras la economía necesitó trabajo humano, existió un pacto implícito: trabajar era la condición para formar parte de la vida social. Ese pacto —siempre desigual, siempre frágil— fue el fundamento de la narrativa moderna: progreso, ascenso, estabilidad, ciudadanía. La automatización cognitiva deshace ese pacto desde dentro. No porque destruya el trabajo, sino porque lo vuelve irrelevante como vía de integración.

La narrativa del siglo XX —trabajo, movilidad, bienestar, participación— deja de ser compatible con la estructura técnica del sistema. La economía sigue funcionando, pero lo hace siguiendo una lógica que ya no contempla a la mayoría como parte necesaria de su metabolismo. Se rompe, de manera silenciosa pero irreversible, la idea de un mundo compartido sostenido por la producción humana.

Durante cuarenta años, el capitalismo fue estrechando su perímetro hasta dejar sistemáticamente fuera a uno de cada dos seres humanos. La IA no inaugura esa tendencia: la acelera, la profundiza y la convierte en horizonte estructural. Lo que antes era exclusión progresiva se vuelve ahora posibilidad técnica: un sistema capaz de operar prescindiendo no ya de la mitad de la humanidad, sino potencialmente de nueve de cada diez personas.

Esto no es una metáfora, sino la consecuencia directa de dos movimientos convergentes: un 40 % de la población —la clase media global— cuya función económica está siendo absorbida por la automatización cognitiva, y un 50 % que lleva décadas viviendo en una irrelevancia estructural consolidada. Si ponemos estas dos dinámicas en relación, la lógica del sistema apunta a un escenario en el que solo una fracción mínima resulta necesaria para su funcionamiento.

Y no porque ese sistema vaya a derrumbarse, sino por lo contrario: porque puede seguir avanzando sin ellos. No porque desaparezca, sino porque abandona a quienes ya no considera necesarios para su funcionamiento. El final del capitalismo se presenta así como una paradoja: un sistema humano más eficiente que nunca, pero que ya no requiere integrar a casi nadie.

Ese es el fin como final: el momento en que un orden persiste, incluso se perfecciona, pero deja de contar con la humanidad como parte constitutiva de su funcionamiento. Un sistema que alcanza su meta solo para descubrir que, al hacerlo, ya no necesita a quienes hicieron posible su existencia.

Los datos expuestos en este artículo sobre desigualdad y concentración de riqueza pueden verificarse en las principales fuentes internacionales dedicadas al estudio de la distribución global del patrimonio. Entre ellas destacan los informes del World Inequality Lab —incluidos el World Inequality Report 2022 y la actualización Global Income Inequality 2023— y las series de la World Inequality Database (2022–2024). Se incorporan también los análisis de Oxfam publicados en 2022, 2023 y 2024, junto con los estudios patrimoniales del Global Wealth Report 2023 de Credit Suisse/UBS y sus bases de datos complementarias (2019–2022). Todas estas fuentes son públicas, verificables y proporcionan un marco sólido para contrastar esta información.

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