El Gran Hermano somos todos
En la novela 1984, publicada en 1949, George Orwell imaginó una sociedad en la que el poder necesitaba vigilar directamente a la población. La telepantalla introducía al Estado en el interior de cada vivienda y convertía cualquier palabra, cualquier gesto e incluso cualquier expresión involuntaria en una posible prueba de desviación. El Gran Hermano miraba desde arriba. De un lado estaba el vigilante; del otro, una población obligada a vivir bajo la sospecha de estar siendo observada.
La imagen conserva su fuerza. Todavía sirve para pensar la vigilancia estatal, la acumulación masiva de datos, el seguimiento comercial o la capacidad de gobiernos y empresas para reconstruir nuestros movimientos. Pero resulta insuficiente para describir el tipo de control que se ha desarrollado alrededor de las redes sociales y, de manera más amplia, del contenido digital organizado mediante sistemas de recomendación. El poder contemporáneo no necesita observar personalmente cada conducta, formular de manera explícita todas las normas ni castigar una por una las desviaciones. Puede intervenir de una forma más eficiente: conserva el control sobre la infraestructura y la visibilidad, pero externaliza sobre la población una parte del trabajo disciplinario.
La palabra disciplina no se refiere aquí únicamente a la prohibición o al castigo. Michel Foucault mostró en Vigilar y castigar (1975) que el poder disciplinario actúa también produciendo hábitos, ordenando comportamientos y definiendo aquello que puede considerarse normal. Su eficacia no depende solo de sancionar al individuo después de una transgresión. Consiste en conseguir que anticipe la mirada bajo la que será evaluado y adapte su conducta antes de que resulte necesario intervenir sobre él. El sujeto termina vigilándose a sí mismo porque ha incorporado las condiciones bajo las que puede ocupar una posición legítima dentro del espacio social.
En el entorno digital, esta operación se distribuye entre agentes que no poseen el mismo poder. Las plataformas diseñan los canales, establecen los formatos y fijan las condiciones generales de circulación. Los sistemas de recomendación seleccionan qué representaciones alcanzarán visibilidad y cuáles quedarán fuera del flujo antes de llegar a una audiencia. Los usuarios observan aquello que ha sido seleccionado, lo premian, lo imitan, lo ridiculizan o lo condenan. Con el tiempo, cada sujeto aprende de ambas operaciones y comienza a corregirse antes de intentar aparecer.
El Gran Hermano somos todos porque la vigilancia ha dejado de ser una función reservada a una institución claramente reconocible y se ha incorporado a nuestras relaciones cotidianas. Sin embargo, no participamos todos desde la misma posición. La multitud interviene sobre aquello que ve, pero no determina por sí sola qué llegará a ver. Las plataformas conservan la capacidad de organizar la escena, decidir qué fragmentos del mundo serán entregados al juicio colectivo y establecer las formas en que podrán ser percibidos.
El resultado no es necesariamente una sociedad en la que todos adopten las mismas opiniones, los mismos gustos o las mismas identidades. El entorno digital puede multiplicar los estilos de vida, intensificar los conflictos y ofrecer una enorme variedad de posiciones desde las que presentarse. Su efecto más profundo actúa en otro nivel: reduce las formas mediante las cuales esas diferencias pueden adquirir existencia pública. La diversidad permanece, pero debe adaptarse a una gramática compartida de visibilidad, reconocimiento y reacción.
Las máscaras y sus fronteras
Mucho antes de la aparición de las redes sociales, la vida cotidiana ya exigía representar papeles diferentes. En 1956, Erving Goffman desarrolló esta idea en La presentación de la persona en la vida cotidiana mediante una metáfora dramatúrgica: cada situación establece una escena, una audiencia, unas expectativas y una serie de recursos con los que una persona intenta producir una determinada impresión ante los demás. La máscara social, entendida como la forma que adopta el individuo dentro de cada representación, permite condensar ese planteamiento.
La máscara no tiene por qué ser una mentira ni un disfraz destinado a ocultar un yo verdadero que permanecería intacto debajo. Puede ser una manera de seleccionar, ordenar y contener la propia conducta para hacer posible una relación concreta. No hablamos del mismo modo con nuestros padres que con nuestros amigos. No nos mostramos igual en una entrevista de trabajo, durante una celebración familiar, ante una pareja o dentro de un grupo de desconocidos. Cada vínculo permite que aparezcan determinadas dimensiones de la persona y mantiene otras en segundo plano. La identidad no se presenta completa en cada encuentro, sino distribuida entre las distintas relaciones que componen una vida.
Esto no significa que las máscaras fueran siempre liberadoras. También podían imponer papeles rígidos, sostener jerarquías, obligar al silencio o encerrar a una persona dentro de expectativas de las que apenas podía escapar. La máscara del empleado obediente, de la esposa sumisa, del hombre incapaz de mostrar fragilidad o del miembro leal a una comunidad podía limitar la subjetividad tanto como protegerla. La diferencia no reside en que las antiguas máscaras fueran benignas, sino en que sus exigencias estaban vinculadas a ámbitos más delimitados. Una persona podía encontrarse sometida dentro de una escena y conservar, fuera de ella, otros espacios en los que la relación, el lenguaje y la conducta obedecieran a reglas distintas.
Esa separación protegía la pluralidad del sujeto. Permitía que una persona fuera varias cosas sin tener que reunirlas inmediatamente en una identidad única y perfectamente coherente. La confianza, la formalidad, el deseo, la autoridad, la vulnerabilidad o el humor podían aparecer de manera diferente según la relación en la que se produjeran. Ninguna de esas versiones tenía que reclamar por sí sola la condición de rostro definitivo.
La pluralidad dependía de la existencia de fronteras entre contextos. El compañero de trabajo no estaba presente durante las bromas privadas entre amigos. Los padres no asistían necesariamente a las conversaciones de pareja. Una opinión pronunciada en un momento de confianza no quedaba almacenada para que años más tarde pudiera examinarla alguien que desconocía las circunstancias en las que había aparecido. Dentro de esos espacios relativamente separados podían desarrollarse formas particulares de hablar, sentir y relacionarse. Una expresión incomprensible para el conjunto de la sociedad podía conservar sentido dentro de una comunidad concreta, y una conducta inapropiada en un ámbito podía resultar legítima en otro. Al abandonar la escena, el individuo podía cambiar de máscara, y cualquier error o transgresión quedaba limitado, al menos en principio, por el lugar, el momento y quienes lo habían presenciado.
El entorno digital modifica precisamente esa separación. Familia, amistad, trabajo, política, deseo, consumo y entretenimiento coinciden dentro de una misma infraestructura. Una publicación dirigida inicialmente a un grupo puede llegar hasta otro. Una broma puede separarse del contexto que le daba sentido. Una fotografía puede circular ante públicos desconocidos. Una opinión puede reaparecer años después y ser leída como evidencia estable sobre la identidad de quien la formuló.
La escena ya no se cierra cuando termina la actuación. El sujeto no se presenta únicamente ante quienes tiene delante, sino ante una audiencia indeterminada compuesta por familiares, amigos, compañeros, desconocidos, adversarios políticos, posibles empleadores y sistemas automáticos de clasificación. Públicos que antes permanecían separados observan una representación común y la interpretan desde expectativas que no siempre son compatibles.
Las distintas máscaras que una persona utilizaba en ámbitos diferentes deben integrarse ahora dentro de un perfil acumulativo. No desaparecen por completo, pero dejan de estar protegidas por fronteras claras. La versión familiar, la profesional, la política, la afectiva y la lúdica se superponen en un mismo archivo público. El individuo ya no puede cambiar de papel sin que los anteriores permanezcan disponibles para ser recuperados y comparados.
El perfil surge de esa integración. Cada publicación se incorpora a una imagen que debe conservar cierta coherencia a lo largo del tiempo. Lo que en una interacción presencial habría sido un gesto circunstancial puede convertirse en una prueba permanente sobre quién es una persona. El individuo deja de gestionar solamente cómo aparece en una situación concreta y empieza a gestionar qué versión general de sí mismo será reconocida como su identidad. Pero ni siquiera puede presentar libremente esa versión ante los demás. Entre el sujeto que intenta mostrarse y la audiencia existe una instancia anterior que decide qué representaciones merecen circular.
La primera disciplina: el filtro algorítmico
Podríamos suponer que el algoritmo se limita a distribuir contenido y que la disciplina comienza después, cuando la audiencia reacciona. Según esa interpretación, la plataforma decidiría quién alcanza el escenario y los usuarios resolverían si su actuación merece aprobación o rechazo. Sin embargo, la selección algorítmica no es una operación meramente logística. La posibilidad de llegar a ser visto ya contiene una forma de valoración.
Cuando una persona publica algo y apenas alcanza una audiencia, no encuentra una multitud que contradiga su posición, cuestione su sensibilidad o rechace su forma de vida. Encuentra la ausencia. No sabe con precisión si aquello que quiso mostrar carecía de interés, si estaba expresado de manera inadecuada, si apareció en un momento desfavorable o si el sistema decidió no distribuirlo. La causa permanece opaca, pero el resultado es inequívoco: lo publicado no consiguió entrar en el espacio donde los contenidos circulan y adquieren relevancia.
Puede seguir disponible en el perfil de quien lo produjo. No ha sido prohibido ni eliminado, pero apenas llega a otras personas, no genera conversación y no interviene en la imagen pública del mundo. Una idea discutida ha conseguido al menos aparecer ante alguien y provocar una respuesta. El contenido que el sistema apenas distribuye no alcanza siquiera esa posibilidad. Existe técnicamente, pero carece de presencia social.
Esta invisibilidad constituye una forma de corrección sin interlocutor. Ante el rechazo de una audiencia, el sujeto puede responder, discutir o atribuir la reacción a un conflicto identificable. Ante la falta de distribución, solo puede modificar su conducta y volver a intentarlo. Cambia el tono, el formato, la duración, el tema, la imagen o la intensidad. Aprende qué representaciones consiguen atravesar el filtro y cuáles permanecen encerradas en un perfil que casi nadie llega a ver.
El algoritmo no necesita explicar qué debe ser una persona. Le basta con mostrarle qué versiones de sí misma consiguen llegar. Este aprendizaje se produce, además, en condiciones de incertidumbre. Los criterios de recomendación no son completamente visibles ni permanecen estables. El usuario construye hipótesis a partir de los resultados: ciertas palabras parecen funcionar mejor, una opinión tajante circula más que una duda, una emoción intensa recibe más atención que un estado ambiguo, una experiencia ordinaria necesita adquirir la apariencia de algo excepcional.
No es necesario conocer técnicamente el sistema para incorporar sus exigencias. El usuario observa qué publicaciones propias obtienen más alcance, cuáles generan respuestas y qué tipos de contenido aparecen reiteradamente entre aquello que recibe. A partir de esas señales, construye una idea práctica de lo que funciona. La plataforma deja entonces de ser un medio exterior. Su lógica entra en el proceso mismo mediante el que se prepara la expresión.
Antes de escribir, se elimina lo que parece demasiado complejo. Antes de publicar una fotografía, se busca la imagen más fácilmente comprensible. Antes de expresar una duda, se calcula si la ambigüedad despertará interés o desaparecerá sin dejar rastro. Antes de mostrar una emoción, se intenta convertirla en un gesto suficientemente reconocible. El perfil debe ajustarse primero a un mecanismo de distribución para poder alcanzar cualquier audiencia. La primera pregunta ya no es solamente cómo será interpretado, sino si conseguirá aparecer ante alguien.
La experiencia comienza así a organizarse según sus posibilidades de visibilidad. Se encuadra, se intensifica y se convierte en una unidad capaz de competir dentro del flujo. La persona empieza a elegir qué partes de sí merece la pena mostrar, cuáles necesitan ser simplificadas y cuáles probablemente no encontrarán lugar dentro del espacio público digital.
La sanción característica de esta primera disciplina no es la condena, sino la falta de existencia pública. Aquello que no circula no participa en el mundo compartido mediante el que una sociedad aprende qué merece atención. Al premiar unas formas de expresión con alcance y relegar otras a la invisibilidad, el sistema interviene antes de que el mensaje esté completamente constituido, en el momento en que una persona decide qué vale la pena expresar.
Con el tiempo, el usuario deja de producir aquello que ha aprendido que no llegará. La selección ya no necesita aplicarse sobre cada contenido porque ha sido incorporada al momento anterior a su creación. El sujeto anticipa el filtro y descarta por sí mismo lo que supone que será omitido. El primer trabajo disciplinario de la red consiste en conseguir que ciertas expresiones dejen de intentarse antes de que una audiencia pueda llegar a rechazarlas.
La selección del mundo visible
El poder del contenido organizado algorítmicamente no se agota en decidir qué publicación obtendrá mayor alcance. Interviene también en la composición del mundo sobre el que será posible opinar. La audiencia no recibe una representación completa de la vida social para decidir después qué considera valioso, sino una selección ordenada, jerarquizada y repetida. Determinadas prácticas aparecen constantemente; otras lo hacen de manera ocasional; muchas permanecen fuera del campo perceptivo.
Esta selección no procede únicamente de las reacciones previas de los usuarios. Los sistemas de recomendación pertenecen a grandes empresas tecnológicas con objetivos comerciales, criterios editoriales, intereses estratégicos, políticas de moderación y posiciones propias sobre aquello que debe promoverse, limitarse o excluirse. Pueden utilizar nuestro comportamiento para calcular qué mostrar, pero esa operación no constituye una suma neutral de preferencias colectivas. Las empresas diseñan el sistema, eligen qué datos consideran relevantes, establecen sus objetivos y modifican las condiciones bajo las que un contenido obtiene visibilidad.
No es necesario que esa agenda adopte la forma de una doctrina explícita. La plataforma no tiene que declarar que una manera de vivir es superior a otra. Puede producir una jerarquía mediante la repetición desigual. Aquello que aparece una y otra vez empieza a parecer frecuente; lo frecuente comienza a parecer normal; y lo normal adquiere progresivamente el aspecto de lo deseable, lo inevitable o lo único que existe.
Si un sistema concentra la visibilidad en restaurantes caros, viajes excepcionales, viviendas espectaculares y marcas fácilmente reconocibles, no se limita a promover mercancías concretas. Construye una imagen del disfrute en la que unas pocas formas de consumo ocupan una parte desproporcionada del horizonte social.
Otras maneras de reunirse, celebrar o descansar pueden continuar existiendo. Una conversación en una cocina, un paseo sin destino, una visita a un amigo o cualquier experiencia que no produzca una imagen espectacular no necesitan ser censurados para perder presencia dentro del imaginario. Basta con que reciban menos oportunidades de circular. La concentración del consumo comienza antes de que la audiencia contemple ciertos objetos y decida desearlos, porque el sistema ya ha restringido el repertorio sobre el que podrá formarse ese deseo. La persona compara su vida con una muestra seleccionada y termina interpretando la intensidad de esa muestra como una descripción de la realidad.
El mismo mecanismo puede actuar sobre la política. Si los sistemas de recomendación privilegian las expresiones más tajantes, conflictivas o emocionalmente intensas, la escena pública adquiere la apariencia de un enfrentamiento permanente. Las dudas, los acuerdos parciales, los matices y las conversaciones que no provocan una respuesta inmediata pueden continuar existiendo, pero dejan de participar en la imagen mediante la que la sociedad se contempla a sí misma.
No han sido derrotados en el debate, sino mostrados con menor frecuencia. La polarización comienza, por tanto, antes de que los usuarios reaccionen agresivamente ante posiciones contrarias. Empieza en la selección del repertorio político que llegará hasta ellos. La audiencia es convocada a juzgar una sociedad previamente recortada según sus expresiones más divisivas. Después, las respuestas obtenidas confirman la capacidad de esas expresiones para generar actividad y proporcionan al sistema nuevos motivos para seguir mostrándolas.
El algoritmo no inventa por sí solo el conflicto, pero puede convertirlo en la forma dominante mediante la que una comunidad se reconoce. No necesita eliminar las posiciones intermedias. Puede volverlas secundarias, difíciles de encontrar o poco aptas para convertirse en acontecimientos públicos. De ese modo, lo extremo no solo recibe más atención: empieza a representar el conjunto.
La misma reducción afecta a la emocionalidad. Las emociones humanas no aparecen en el entorno digital con toda su duración, ambigüedad y contradicción. Deben adoptar formas visibles, legibles y capaces de circular. Los estados difusos, las dudas prolongadas y los sentimientos contradictorios encuentran mayores dificultades para entrar en el flujo. No tienen que ser rechazados expresamente. Su complejidad ofrece menos posibilidades de ser seleccionada, comprendida con rapidez y reproducida. La emocionalidad visible se empobrece no porque las personas hayan dejado de sentir de manera compleja, sino porque solo determinadas versiones de esa complejidad atraviesan con facilidad el canal.
La red no se limita así a mostrar una porción del mundo. Participa en la formación de las categorías con las que después será interpretado. Al repetir ciertas formas de éxito, belleza, conflicto o sufrimiento, proporciona el material desde el que se construirán los juicios sobre lo normal.
La segunda disciplina: la multitud
Una vez seleccionado el mundo visible, comienza el trabajo de la audiencia. Los usuarios interpretan las representaciones que reciben, premian unas conductas, castigan otras, convierten algunas en modelos imitables y presentan otras como ridículas, ofensivas, vergonzosas o insignificantes. Cada reacción contribuye a indicar qué puede mostrarse sin riesgo y qué debe ser ocultado, corregido o reformulado.
La plataforma no necesita redactar todas las normas porque puede permitir que los propios sujetos las produzcan y las apliquen. Conserva el control sobre la visibilidad y externaliza sobre la multitud una parte de la vigilancia cotidiana. Esta externalización no equivale a una democratización del poder. Los usuarios juzgan únicamente aquello que ha logrado llegar hasta ellos. Antes de ser aprobado o condenado, un contenido ha tenido que convertirse en algo suficientemente visible, inmediato y reconocible para superar la primera selección.
Las reacciones regresan después al sistema. Lo que obtiene atención encuentra más oportunidades de ser mostrado; lo que se muestra con frecuencia acumula más posibilidades de ser imitado; y lo que se imita produce nuevos ejemplos que confirman su aparente relevancia. La plataforma no selecciona primero para retirarse después. Utiliza la respuesta colectiva para reorganizar continuamente la siguiente selección.
Cada usuario intenta aparecer, contempla a quienes lo han conseguido, recibe la aprobación o el rechazo de otros y contribuye a corregir a quienes aparecen ante él. La vigilancia deja de presentarse como una actividad especializada y se integra en el entretenimiento, la amistad, el deseo, la discusión política y la conversación cotidiana. No sentimos que estemos aplicando una norma general cuando reaccionamos ante una publicación. Creemos expresar una opinión concreta sobre una persona o una conducta. Sin embargo, la acumulación de esas respuestas produce un sistema de recompensas y sanciones que enseña a los demás cómo deben presentarse.
La corrección social tampoco necesita adoptar la forma de una condena masiva. Puede consistir en una sucesión de señales pequeñas: una emoción celebrada como auténtica, otra interpretada como impostada; un silencio convertido en prueba de indiferencia; una duda tratada como debilidad; una contradicción utilizada para invalidar a quien la expresa. Cada juicio remite a un repertorio de conductas que la audiencia ha aprendido a reconocer como normales. Y las reconoce como normales porque son las que el sistema le ha permitido ver de manera insistente.
Es en la expresión emocional donde esta disciplina se vuelve especialmente íntima. Ante determinados acontecimientos, la ausencia de una publicación puede interpretarse como indiferencia. Una reacción tardía puede parecer oportunismo. Una expresión demasiado intensa puede leerse como búsqueda de atención. Una formulación poco enfática puede generar dudas sobre la autenticidad del compromiso. La persona no es evaluada únicamente por lo que hace, sino por la correspondencia entre su representación emocional y el código que la audiencia considera apropiado.
La vigilancia emocional no necesita descubrir qué sentimos realmente. Le basta con controlar la forma pública mediante la que un sentimiento puede ser reconocido. La tristeza debe parecer tristeza. La indignación debe alcanzar una intensidad suficiente. La alegría debe aportar evidencias visibles de realización. La solidaridad debe emplear gestos y palabras compartidos. El duelo debe adquirir una forma comunicable y una duración socialmente comprensible.
Este corsé emocional no determina necesariamente lo que una persona siente en la intimidad. Limita las formas mediante las que ese sentimiento puede obtener reconocimiento público. Al hacerlo, obliga a traducir estados interiores complejos a un conjunto reducido de expresiones fáciles de reconocer. El sujeto aprende a anticipar esas interpretaciones, descarta una frase, modifica una imagen, elimina una duda o adopta el tono que parece más seguro.
Pero la audiencia tampoco crea desde cero los códigos que aplica. Antes de que pueda juzgar una emoción, el sistema ya ha determinado qué expresiones verá con mayor frecuencia. Las formas comprensibles de inmediato, capaces de provocar una reacción rápida y compatibles con los formatos disponibles poseen más oportunidades de circular. El espectador se familiariza con ellas y termina utilizándolas como medida de los demás. La plataforma recorta la emocionalidad visible; la audiencia transforma ese recorte en criterio de autenticidad.
La tercera disciplina: la normalidad interiorizada
La disciplina alcanza su mayor eficacia cuando deja de sentirse como una exigencia externa. Las adaptaciones realizadas para alcanzar visibilidad se convierten entonces en criterios con los que se evalúa a los demás. Quien ha aprendido que una opinión ambigua apenas circula puede terminar desconfiando de la ambigüedad ajena. Quien ha tenido que intensificar su expresión para ser reconocido puede interpretar una forma más contenida como falta de autenticidad. Quien se ha visto obligado a construir una identidad clara y fácilmente clasificable puede sospechar de quien no ofrece una definición estable de sí mismo.
La disciplina recibida no desaparece. Se transforma en juicio de valor. Las renuncias necesarias para entrar en la escena dejan de percibirse como renuncias y empiezan a presentarse como requisitos naturales de cualquier conducta legítima.
No es necesario que exista una voluntad consciente de imponer a otros el precio que uno mismo ha pagado. El mecanismo es más profundo. Cuando una persona consigue permanecer en el espacio público sin adoptar las formas que otros tuvieron que aprender, revela que aquellas adaptaciones quizá no fueran tan naturales ni tan inevitables como parecían. Recuerda a los demás que tuvieron que simplificarse, exponerse o volverse reconocibles para ocupar una posición semejante.
La reacción disciplinaria protege entonces no solo las normas de la plataforma, sino también la imagen que cada sujeto conserva de su propia adaptación. Convertir en obligación universal aquello que uno tuvo que hacer evita reconocerlo como una concesión. Corregir a quien se comporta de otra manera permite interpretar el sacrificio propio no como una pérdida, sino como la forma razonable en que cualquier persona debería presentarse.
La imagen de Orwell debe complementarse aquí con la de Aldous Huxley. En Un mundo feliz, la hipnopedia es un procedimiento mediante el que los niños escuchan durante el sueño frases repetidas una y otra vez. Las consignas no buscan convencerlos mediante argumentos. Pretenden instalar asociaciones y preferencias que, al despertar, serán experimentadas como pensamientos espontáneos. La norma resulta más eficaz porque el individuo no la reconoce como algo recibido desde fuera.
El contenido digital organizado algorítmicamente no reproduce literalmente ese mecanismo, pero realiza una operación comparable. No repite necesariamente una misma frase: repite un mismo tipo de mundo. Durante años, muestra unas formas de vida, unas emociones y unos conflictos con mucha más frecuencia que otros. La reiteración convierte la selección en familiaridad; la familiaridad adquiere el aspecto de normalidad; y la normalidad termina funcionando como criterio moral.
Lo que aparece constantemente deja de percibirse como resultado de una selección. Parece simplemente la realidad. No disciplinamos a los demás porque conozcamos las reglas del algoritmo y hayamos decidido aplicarlas, sino porque sus resultados han sido incorporados a nuestra percepción de lo razonable. Nadie necesita afirmar que una emoción debe adoptar el formato que mejor circula. Basta con considerar que, si fuera auténtica, sabría mostrarse. Nadie necesita reconocer que una forma de vida ha sido privilegiada por el sistema de recomendación. Basta con interpretarla como la forma natural del éxito o del disfrute.
La selección algorítmica desaparece detrás de sus propios resultados. Ese ocultamiento permite que la disciplina social se presente como una reacción espontánea. La audiencia cree defender normas que existían antes de la plataforma, aunque muchas hayan sido amplificadas, reorganizadas o producidas por su régimen de visibilidad. El sistema no necesita entregar a cada usuario un código de conducta. Le basta con repetir ciertas conductas hasta que los usuarios construyan a partir de ellas sus propios códigos morales. La normalización no se experimenta como una orden. Se vive como sentido común.
A medida que esa normalidad se incorpora al perfil, la representación acumulada empieza también a condicionar el futuro. Cada rasgo reconocido genera expectativas de continuidad, y el sujeto debe justificar los cambios que contradigan la identidad bajo la que ha sido clasificado. El perfil se convierte así en una especie de contrato informal: no impide cambiar, pero hace que cada transformación tenga que negociar con la imagen pública construida hasta entonces.
Esto puede reconocerse en decisiones cotidianas que, por separado, parecen menores. Una experiencia se valora también por la imagen que permitirá obtener; una opinión se contiene porque podría contradecir la posición que los demás atribuyen a quien la expresa; un cambio de gusto, de aspecto o de pensamiento necesita explicarse porque el perfil conserva pruebas de una versión anterior. La cuestión no es simplemente que las personas finjan en internet, sino que la representación termina interviniendo en aquello que pueden llegar a ser. La escena deja de ser solo el lugar donde la vida se muestra y se convierte, progresivamente, en uno de los lugares desde los que la vida se organiza.
La normalización de la diferencia
La integración de las antiguas máscaras dentro de un perfil común permite comprender un efecto más amplio. Cuando los ámbitos permanecían más separados, una persona podía expresarse de un modo en el trabajo, de otro entre amigos y de otro dentro de una comunidad política o cultural. Cada máscara respondía a un público diferente y podía conservar una lógica propia. El perfil reúne esas representaciones y las somete a una exigencia de continuidad ante audiencias superpuestas.
El sujeto necesita producir una versión capaz de atravesar contextos distintos. Aquello que muestra a sus amigos puede llegar a sus compañeros de trabajo; una opinión política puede modificar la manera en que se interpreta una fotografía familiar; una publicación circunstancial puede incorporarse a la imagen general mediante la que desconocidos y sistemas automáticos intentan clasificarlo. La diferencia ya no debe resultar comprensible únicamente dentro del ámbito en el que surgió. Debe sobrevivir a su traslado hacia otros públicos.
Cuando este proceso se repite entre millones de usuarios, deja de afectar únicamente a cada perfil por separado. Las diferentes formas de presentarse comienzan a pasar por los mismos canales, los mismos formatos y los mismos sistemas de recomendación. La variedad de identidades puede crecer, pero todas deben competir bajo unas condiciones semejantes de legibilidad y circulación.
Esto no conduce necesariamente a un consenso universal. El sistema puede intensificar las diferencias ideológicas, multiplicar las identidades y dividir a la población en comunidades aparentemente irreconciliables. La normalización no consiste siempre en que todos adopten las mismas opiniones. Puede actuar sobre la forma mediante la que esas opiniones se expresan.
Dos grupos políticos enfrentados pueden compartir la necesidad de producir indignación, simplificar al adversario y reaccionar de inmediato. Dos estilos de vida presentados como opuestos pueden necesitar convertirse por igual en imágenes aspiracionales, relatos de transformación personal o demostraciones públicas de éxito, disfrute o autenticidad. Incluso quienes pretenden escapar de una cultura dominante pueden terminar construyendo su diferencia mediante los mismos formatos, métricas y códigos emocionales que utilizan aquellos contra quienes se definen.
La polarización no contradice esta homogeneización. Puede ser una de sus manifestaciones. La diversidad permanece en aquello que se afirma, mientras los modos de presencia se concentran en un repertorio relativamente limitado: la declaración tajante, la confesión pública, la imagen ejemplar, la indignación visible, la réplica inmediata y la identidad fácilmente clasificable.
Para adquirir presencia, la diferencia debe hacerse reconocible. Necesita convertirse en una forma que pueda identificarse con rapidez, compararse con otras, incorporarse a una categoría y comunicarse sin demasiado contexto. Una posición política debe condensarse en una declaración. Un modo de vida debe traducirse a imágenes. Una sensibilidad necesita códigos compartidos. Una experiencia personal debe adquirir una estructura narrativa.
Cuanto más intenta el sujeto diferenciarse, más necesita recurrir a repertorios comunes. Para mostrar que no pertenece a una forma de vida adopta los códigos visuales de otra. Para demostrar su oposición política utiliza estructuras de indignación semejantes a las de sus adversarios. Para presentar su identidad como propia y singular recurre a etiquetas, estéticas y relatos que ya emplean miles de personas.
La diferencia se vuelve públicamente visible a costa de hacerse formalmente previsible.
Esto no significa que toda identidad sea falsa ni que cualquier pertenencia constituya una impostura. Las diferencias pueden ser reales, profundas e incluso irreconciliables. Lo que ocurre es que no todas poseen el mismo valor dentro de la economía de la atención. Las plataformas no necesitan mostrar la diversidad en toda su complejidad, sino seleccionar aquellas formas capaces de detener la mirada, provocar una reacción y mantener al usuario dentro del flujo.
El límite no aparece, por tanto, porque el sistema sea incapaz de reconocer otras maneras de ser diferente. Aparece porque muchas de ellas resultan poco rentables. Una identidad ambigua, una opinión que no permite una adhesión inmediata, una experiencia que exige tiempo o una forma de vida que no despierta admiración, rechazo, deseo o indignación ofrecen menos posibilidades de convertirse en atención medible. Pueden existir, pero encuentran menos oportunidades de ocupar la escena.
La normalización contemporánea no elimina la diversidad, sino que la somete a una misma exigencia de rendimiento. La singularidad debe convertirse en una imagen capaz de detener la mirada; la convicción, en una declaración que provoque adhesión o rechazo; la experiencia, en un relato que pueda consumirse; la pertenencia, en una estética reconocible; el desacuerdo, en un conflicto que invite a reaccionar.
La consecuencia no es que todos terminemos siendo idénticos. Es que aprendemos a ser diferentes de maneras cada vez más parecidas.
El Gran Hermano somos todos
La imagen del Gran Hermano cambia cuando la vigilancia deja de depender exclusivamente de un poder que observa desde arriba y pasa a organizarse mediante un circuito en el que la selección algorítmica, el juicio colectivo y la autocorrección se refuerzan mutuamente. Las plataformas determinan qué comportamientos alcanzan existencia pública, qué formas de vida se repiten y qué emociones parecen dominar el presente; la multitud interpreta ese repertorio y lo convierte en ejemplos de lo deseable, lo vergonzoso, lo auténtico o lo insuficiente.
Este mecanismo adquiere su alcance porque un número reducido de grandes plataformas media de forma constante una parte considerable de la comunicación, el entretenimiento, la información y la presentación pública de millones de personas. No se trata de espacios ocasionales, separados de la vida cotidiana, sino de canales utilizados cada día, de manera masiva y simultánea, para observar a los demás, mostrarse ante ellos y aprender qué merece ser observado. La repetición global de unas mismas condiciones de visibilidad permite que los criterios de unas pocas empresas atraviesen contextos sociales muy distintos y terminen incorporándose a la percepción cotidiana de sus usuarios.
Esos criterios no responden únicamente a una capacidad técnica para ordenar el contenido. Responden también a una lógica económica. Las plataformas compiten por captar y retener la atención, y por eso conceden mayores oportunidades de circulación a aquello que puede detener la mirada, provocar una reacción y prolongar la permanencia dentro del flujo. Lo complejo, lo ambiguo o lo que exige tiempo no queda necesariamente fuera porque el sistema sea incapaz de reconocerlo, sino porque ofrece menos rendimiento dentro de una economía organizada alrededor de la respuesta inmediata.
El poder conserva así el control sobre la escena y externaliza una parte del trabajo disciplinario. No necesita sancionar directamente cada desviación porque ha convertido a los sujetos en espectadores recíprocos y en defensores espontáneos de las formas a las que ellos mismos tuvieron que adaptarse. La multitud participa activamente en la vigilancia, pero lo hace sobre un mundo previamente seleccionado y dentro de unos canales cuyas condiciones no controla.
El Gran Hermano somos todos no porque el poder se haya repartido por igual, sino porque quienes conservan la capacidad de organizar la visibilidad han conseguido distribuir entre nosotros la tarea de convertirla en norma. La vigilancia se incorpora así a nuestras relaciones, nuestras emociones y nuestras ideas acerca de lo que una persona debería ser, hasta que la corrección de los demás deja de parecer una función del poder y se confunde con una reacción espontánea ante aquello que consideramos impropio, insuficiente o extraño.
El sujeto aprende primero qué debe hacer para alcanzar la mirada de los demás. Después descubre qué partes de sí pueden sobrevivir al juicio colectivo. Finalmente, deja de percibir esas modificaciones como adaptaciones impuestas por el entorno y empieza a experimentarlas como la manera natural de expresarse, relacionarse y ocupar un lugar ante los demás. Lo que comenzó como una respuesta al algoritmo y a la audiencia termina convertido en sentido común, y desde ese sentido común se juzga a quienes todavía no han realizado las mismas renuncias.
El Gran Hermano ya no necesita un único rostro porque su trabajo se distribuye a lo largo de todo el circuito. La plataforma selecciona según aquello que puede producir atención; el flujo vuelve casi inexistente lo que no ofrece ese rendimiento; la audiencia transforma lo visible en aprobación, rechazo o sospecha; y el individuo anticipa ambos filtros, modifica su conducta y exige después a los demás las adaptaciones que él mismo ha interiorizado.
No desaparecen las diferencias. Desaparece la posibilidad de ser diferente de una manera que no pueda convertirse en atención rentable.