¿Por qué los padres deberían dar un móvil a sus hijos?

¿Por qué los padres deberían dar un móvil a sus hijos?

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Hay una escena que se repite cada vez con más frecuencia en la vida familiar contemporánea. Un niño vuelve del colegio y dice que sus compañeros ya tienen móvil. Un adolescente explica que el grupo de clase está en WhatsApp, que los planes se organizan ahí y que buena parte de la vida social ya no ocurre solo en el recreo, sino después, por la tarde, en una pantalla. Los padres escuchan esa demanda con una mezcla de cansancio, miedo y resignación. Saben que el móvil no es un juguete cualquiera: abre la puerta a redes sociales, exposición, acoso, pornografía, comparación, ansiedad, consumo, notificaciones y una forma de disponibilidad permanente que ni siquiera los adultos han sabido administrar con claridad. Pero también saben otra cosa, aunque a veces no quieran decirla: que el móvil se ha convertido en una condición práctica de pertenencia a la vida social.

La pregunta parece sencilla: ¿cuándo deberían los padres dar un móvil a sus hijos? Pero tal vez esa pregunta ya llega tarde, o está mal formulada. Porque coloca el problema en la edad, como si todo dependiera de encontrar el momento exacto: diez años, once, doce, trece, catorce. Como si existiera una cifra capaz de resolver una transformación cultural. Sin embargo, el problema de fondo no es solamente cuándo entra un niño en el mundo del móvil, sino quién organiza ese ingreso, quién le da sentido, quién establece sus límites y quién ocupa el lugar simbólico de garante de ese paso. El móvil llegará, antes o después. La cuestión decisiva no es si llegará, sino si llegará como simple objeto entregado por cansancio, presión o imitación, o si llegará como un verdadero rito de iniciación mediado por adultos.

No se trata de defender el móvil porque sea inocente. No se trata de negar sus riesgos ni de minimizar la preocupación de los padres. Al contrario: precisamente porque los riesgos son estructurales, porque el móvil no es un aparato neutro, porque no introduce al niño en una herramienta aislada sino en un ecosistema de comunicación, mercado, deseo, reconocimiento y atención, la entrega del móvil no puede quedar reducida a una simple concesión doméstica. Los padres deberían dar el móvil no como quien entrega un dispositivo, sino como quien preside un umbral. Porque si ellos no realizan ese rito, no por eso el rito dejará de ocurrir. Lo realizará el mercado.

¿Qué es un rito de iniciación?

Un rito de iniciación no es simplemente una primera experiencia ni una acción realizada por primera vez. Lo iniciático aparece cuando una comunidad reconoce que un individuo ha cruzado un umbral y que ese cruce transforma su lugar dentro del grupo. En las sociedades arcaicas, ese paso podía estar marcado por pruebas físicas, aislamiento, aprendizaje de secretos, cambios de nombre, marcas corporales o ceremonias públicas. El iniciado no regresaba siendo el mismo. Había un antes y un después. La infancia no terminaba simplemente por acumulación biológica, sino por una mediación simbólica que decía: ahora perteneces de otro modo.

Mircea Eliade, historiador de las religiones y uno de los grandes estudiosos modernos del mito, analizó los ritos de iniciación como procesos de muerte y renacimiento simbólico. El niño o el no iniciado debía abandonar una forma anterior de existencia para incorporarse a otra. En muchas culturas, esta transformación no era entendida como una metáfora ligera, sino como un verdadero cambio de estatuto: el iniciado accedía al mundo de los adultos, de los antepasados, de los secretos del grupo y de las responsabilidades comunes. La comunidad no se limitaba a permitir ese paso; lo administraba. Los mayores no eran espectadores. Eran garantes del tránsito: acompañaban, vigilaban, imponían pruebas, interpretaban el significado de lo ocurrido y reincorporaban al iniciado en un orden social más amplio.

Edgar Morin, en su libro El paradigma perdido, permite añadir otra dimensión: el rito puede entenderse también como una forma de complejizar la relación entre individuo y comunidad. La iniciación no solo integra al sujeto en un orden ya dado; también le concede una posición desde la cual responder a ese orden. El iniciado ya no es únicamente alguien que recibe una tradición, sino alguien que puede reinterpretarla, tensionarla, desplazarla e introducir variación. La iniciación, cuando funciona, no produce mera obediencia. Produce pertenencia con capacidad de respuesta.

Todo rito reproduce un orden, porque inicia al niño en una comunidad que ya existe antes que él. Pero una sociedad viva no se reproduce mediante copia exacta. Necesita continuidad, pero también variación; necesita transmisión, pero también reinterpretación. El rito arcaico, en ese sentido, no era solo una técnica de integración o disciplina. Era una forma de administrar el paso entre generaciones. Los mayores entregaban un mundo, pero al hacerlo permitían que el nuevo miembro lo habitara desde una posición propia. Sin esa posición, no hay verdadera madurez. Hay solamente adaptación.

El arte y la literatura han representado una y otra vez esta estructura. El héroe que abandona la casa, atraviesa el bosque, desciende al infierno, sobrevive a una prueba y regresa transformado no es solo una figura narrativa; es una imagen del pasaje iniciático. La salida de la infancia no ocurre en línea recta. Requiere pérdida, miedo, separación, aprendizaje y retorno. En los relatos míticos, el joven no se convierte en adulto por recibir simplemente un objeto, un nombre o un permiso, sino por comprender el peso de aquello que recibe. Una espada, una máscara, una palabra secreta, una marca corporal o una herencia no significan nada si aparecen fuera de un orden simbólico que les dé sentido. Importan porque condensan una transformación: no son premios, sino signos de una nueva responsabilidad.

Los ritos de iniciación modernos: coche, alcohol, discotecas y consumo

Las sociedades modernas no abolieron los ritos de iniciación. Los debilitaron, los dispersaron y muchas veces los entregaron al mercado. La modernidad capitalista no elimina la necesidad de marcar el paso entre edades, pero transforma los objetos, los escenarios y los mediadores de ese paso. El coche, durante buena parte del siglo XX, fue uno de esos signos. Obtener permiso para conducir no era solo adquirir movilidad: era acceder a autonomía, velocidad, espacio propio, posibilidad de salir sin depender de los padres, recoger a otros, escapar del barrio o ingresar en una forma adulta de circulación social. El automóvil era técnico, económico y simbólico a la vez.

Algo semejante puede decirse del maquillaje, de cierta ropa, de la primera salida nocturna, del alcohol, de las discotecas, de los conciertos, de determinados cortes de pelo o de ciertos consumos musicales y culturales. Ninguna de esas cosas era solamente lo que parecía. Maquillarse podía significar ingresar en una gramática de deseo, presencia y mirada. Salir de noche podía significar abandonar temporalmente la vigilancia familiar y entrar en un espacio de pares. Beber alcohol podía operar como signo torpe, riesgoso y muchas veces absurdo de pertenencia a una edad. Ir a una discoteca no era solo escuchar música; era exponerse a códigos de seducción, vergüenza, grupo, cuerpo y reconocimiento. En todos esos casos había consumo, pero también umbral.

Lo decisivo es que todos esos pasos, aunque se vivieran como experiencias personales de crecimiento, estaban ya atravesados por una lógica económica. El paso a otra edad ya no era organizado solamente por la familia, la comunidad o la generación anterior, sino también por objetos, industrias, marcas, espacios de ocio y circuitos de consumo. La pertenencia empezaba a expresarse mediante algo que se compra, se usa, se viste, se bebe, se conduce o se exhibe. La edad socialmente reconocible adquiría una traducción económica. Crecer empezaba a significar también entrar en mercados específicos: mercado de la noche, de la moda, del automóvil, de la música, del alcohol, del cuerpo, del entretenimiento. El capitalismo no destruye los ritos iniciáticos; los convierte en consumos iniciáticos.

La diferencia con los ritos arcaicos no está en que antes no hubiera objetos o intercambios materiales. Los había. Toda ceremonia tiene vestidos, alimentos, instrumentos, espacios, marcas, gestos. La diferencia está en qué organiza el sentido del rito. En un rito arcaico, el objeto estaba subordinado a la comunidad y a la transformación simbólica. En el rito moderno de consumo, la comunidad queda progresivamente subordinada al objeto y al mercado que lo distribuye. No se trata solo de que el adolescente beba alcohol, tenga coche o compre ropa. Se trata de que la entrada en la edad socialmente reconocible pasa cada vez más por circuitos comerciales que definen qué hay que tener, cómo hay que aparecer y qué tipo de pertenencia puede comprarse o imitarse.

Aun así, esos ritos modernos tenían un límite que hoy resulta decisivo: eran parciales. El coche podía ofrecer autonomía, pero no todo el mundo lo tenía ni toda la vida social dependía de él. El maquillaje podía introducir a alguien en una nueva relación con la imagen, el deseo y la mirada, pero no era condición para existir dentro del grupo. La discoteca era un escenario de iniciación, pero empezaba y terminaba a cierta hora, en determinados días de la semana. El alcohol podía funcionar como signo torpe o peligroso de ingreso a cierto mundo juvenil o adulto, pero no organizaba por sí solo la vida social. Eran ritos intensos, arriesgados, absurdos o cargados de presión, pero ninguno constituía una infraestructura total. Se podía participar de algunos y no de otros. Se podía quedar fuera de ciertas escenas sin quedar fuera de casi todo el mundo compartido.

En todos esos ritos había además un elemento que conviene no perder de vista: el miedo. No el miedo como simple peligro externo, sino como señal de umbral. La primera vez que alguien se afeita, se maquilla, conduce, bebe alcohol, sale de noche o entra en una discoteca no atraviesa únicamente una práctica social; atraviesa también una zona de inseguridad. No sabe del todo cómo comportarse, cómo será mirado, qué se espera de él, qué parte de su infancia queda atrás o qué viene después. Pero ese miedo no pertenece solo al iniciado. También lo vive, de otra manera, la generación anterior. Los padres temen lo que puede ocurrir en ese paso porque saben, muchas veces por experiencia propia, que esos ritos modernos rara vez fueron verdaderamente mediados. Las salidas nocturnas, la discoteca, el alcohol o la primera exposición al deseo no siempre llegaron acompañados de una palabra adulta capaz de ordenar el miedo y darle sentido; con frecuencia aparecieron como territorios mal tolerados, prohibidos o abandonados.

Ese miedo, por tanto, no era un accidente del rito, sino parte de su estructura. Indicaba que algo estaba siendo cruzado. La iniciación no consistía en eliminar el miedo, sino en darle forma, inscribirlo en una escena reconocible y hacerlo soportable mediante códigos, compañía y reconocimiento. Cuando esa mediación faltaba, el miedo podía romper el rito: convertir la salida en ansiedad, el alcohol en pura prueba de pertenencia o el deseo en una búsqueda de aprobación, una actuación forzada o una zona reprimida. El problema no era sentir miedo al entrar en un mundo nuevo; el problema era entrar sin mediación, sin nadie que ayudara a interpretar qué significaba ese miedo.

El móvil como rito de iniciación del siglo XXI

El móvil continúa esa serie de objetos y escenas iniciáticas, pero altera su escala. Tiene algo del coche, porque promete autonomía; algo del maquillaje, porque introduce una nueva relación con la imagen y la mirada; algo de la discoteca, porque abre una escena de pertenencia entre pares; algo del alcohol, porque puede funcionar como contraseña torpe de ingreso a una edad. Pero, a diferencia de todos ellos, no permanece ligado a un espacio, a un horario, a una práctica concreta o a una escena parcial de la vida. El móvil condensa comunicación, imagen, deseo, consumo, información, entretenimiento, vigilancia, memoria, presencia pública y disponibilidad. No se limita a acompañar la adolescencia: reorganiza la forma en que se vive, se observa, se compara y se narra.

Por eso su diferencia es más radical. El coche podía quedarse en el garaje, la discoteca terminaba al amanecer, el maquillaje podía retirarse, el alcohol pertenecía a una escena concreta. El móvil, en cambio, no se deja atrás al salir de una escena ni se abandona cuando termina una actividad. Permanece cerca, preparado para convocar en cualquier momento. No es un rito localizado al que se entra y del que luego se sale, sino un entorno persistente que acompaña al iniciado después del ingreso. Ahí está la dificultad específica del rito digital: el objeto iniciático no se recibe y luego queda atrás como signo de una transformación cumplida; permanece activo, notificando, convocando, modulando y reorganizando la vida del iniciado después de la iniciación.

Desde ahí se entiende mejor el problema de la exclusión. No se trata solo de que un niño sin móvil pueda quedar fuera de un plan o de una conversación puntual. La exclusión es más amplia y más difícil de nombrar, porque afecta a las formas ordinarias en que el grupo se reconoce, se organiza y se cuenta a sí mismo. No tener móvil puede significar no participar de ciertos ritmos compartidos, no comprender referencias que circularon fuera del aula, depender de otros para enterarse de lo que ya se presupone sabido, o quedar fuera de espacios donde se negocian pertenencia, presencia e identidad. El móvil no añade simplemente una posibilidad más; se convierte en un presupuesto silencioso de muchas formas de vida cotidiana.

Por eso la pregunta “¿dar o no dar el móvil?” termina siendo engañosa. Sugiere que los padres conservan intacta la posibilidad de mantener al hijo fuera de ese mundo sin consecuencias estructurales. Pero el móvil ya no es solamente un bien deseado ni un objeto de moda. Es una infraestructura social. Como toda infraestructura, se vuelve invisible cuando está disponible y brutalmente visible cuando falta. Nadie piensa demasiado en la electricidad hasta que se corta. El problema, entonces, no puede resolverse como si se tratara de aceptar o rechazar un consumo más. La disputa real no es entre móvil sí y móvil no, sino entre un móvil recibido como objeto de consumo y un móvil recibido como rito de iniciación; entre una iniciación realizada por el mercado y una iniciación mediada por figuras adultas.

Cuando los padres se limitan a retrasar el móvil sin construir ningún sentido alrededor de ese retraso, pueden creer que están resistiendo al mercado. A veces lo están haciendo parcialmente. Pero también puede ocurrir otra cosa: que estén postergando el momento en que el mercado realizará la iniciación de todos modos. El niño espera, mira, compara, desea y acumula ansiedad de entrada. Y cuando finalmente accede, si no hay mediación simbólica adulta, entra de golpe en el mundo que otros ya le habían enseñado a desear. En ese caso, la prohibición no produjo distancia crítica; solo produjo espera. Y una espera sin elaboración puede intensificar la captura.

La figura adulta como garante del rito no debe entenderse aquí en sentido estrecho ni ligada necesariamente a una paternidad biológica. Puede ser la familia, los padres, madres, educadores, tutores, abuelos, instituciones escolares o cualquier adulto capaz de asumir una función de mediación. Lo importante no es quién ocupa formalmente ese lugar, sino si alguien lo ocupa. Todo rito necesita una instancia que diga: esto que ocurre no es banal, esto no es solo un objeto, esto modifica tu posición, esto te da acceso, pero también te compromete. Cuando esa figura desaparece, el rito no queda vacío. Lo ocupa el mercado.

El mercado no inicia para formar sujetos capaces de distancia, responsabilidad y elaboración. El mercado inicia usuarios, y su objetivo es prolongar al máximo el tiempo de uso. No entrega el móvil como umbral de responsabilidad, sino como interfaz de consumo. No explica el flujo de contenidos: lo naturaliza. No enseña a detenerse: enseña a permanecer. No ofrece lenguaje crítico sobre la economía de la atención: convierte la atención misma en materia prima. En una iniciación mediada por adultos, el ingreso al mundo debería llegar acompañado por una interpretación del mundo. En una iniciación realizada por el mercado, el ingreso aparece como normalidad sin mediación. El niño no recibe una explicación de las fuerzas que lo atraviesan; recibe una pantalla que ya contiene esas fuerzas operando sobre él.

Por eso dar un móvil puede ser un acto de rendición o un acto de reapropiación simbólica. Depende de cómo se haga. Si se entrega porque “todos lo tienen”, porque “ya no queda más remedio”, porque “así deja de pedirlo” o porque “nos viene bien para localizarlo”, la entrega queda absorbida por la misma lógica que se pretendía controlar. Pero si se entrega diciendo, de manera explícita o implícita, “este es un paso importante y no lo vas a atravesar solo”, entonces la escena cambia. El móvil deja de ser premio, juguete o concesión, y se convierte en un objeto cargado de sentido: no porque sea sagrado, sino porque abre una zona de la vida que exige mediación.

El rol de los adultos ante el uso del móvil

El error habitual es pensar esa mediación como un conjunto de normas técnicas: horarios, aplicaciones permitidas, controles parentales, castigos. Todo eso puede tener su lugar, pero no toca el núcleo del problema. Las normas sin explicación se viven como imposición; los límites sin sentido, como arbitrariedad. La cuestión no es diseñar un reglamento doméstico perfecto, sino disputar el significado del móvil frente al significado que el mercado ya le ha dado. El mercado ya ha dado su respuesta. Dice que estar conectado es pertenecer. Que responder rápido es importar. Que mostrarse es existir. Que consumir es participar. Que estar disponible es ser parte. Frente a esa gramática, la figura adulta debe introducir otra: no toda conexión es pertenencia, no toda respuesta inmediata es cuidado, no toda exposición es existencia, no todo consumo es participación y no toda disponibilidad es vínculo.

Esa disputa no se resuelve con una lista de normas, sino con varias formas concretas de mediación frente a la economía de la atención. La primera es el tiempo. El móvil empuja hacia la respuesta inmediata, la interrupción permanente y la disponibilidad constante. La figura adulta debe introducir una verdad elemental, pero hoy casi subversiva: no todo debe responderse ahora. No toda conversación exige presencia inmediata. No toda llamada del flujo merece obediencia. Tener móvil no significa estar disponible en todo momento.

La segunda es la exposición. El móvil vuelve registrable, compartible y comentable casi cualquier experiencia. Una imagen, una broma, una salida, un error o una vergüenza pueden pasar rápidamente de lo vivido a lo circulado. La mediación adulta debe enseñar que no todo lo que puede mostrarse debe mostrarse. No como moralina, sino como principio de soberanía: hay experiencias que pierden valor cuando se exponen, momentos que necesitan permanecer fuera del flujo y partes de la vida que no son contenido. Si nadie media esa entrada, el niño aprende que estar en el mundo equivale a aparecer ante otros. Por eso no basta con decir “cuidado con lo que subes”. Hay que transmitir algo más profundo: tu vida no existe para alimentar un flujo; tu imagen no es una deuda con los demás; tu intimidad no es lo que escondes por vergüenza, sino también lo que preservas, porque tiene valor.

La tercera es la distinción entre espacios. El mercado tiende a reunirlo todo bajo una misma lógica: conversación, redes, vídeos, juegos, compras, noticias, tareas y entretenimiento. Para la economía de la atención, cuanta menos diferencia haya entre actividades, mejor: una conversación puede llevar a un vídeo, un vídeo a una tendencia, una tendencia a una compra, una compra a una recomendación y una recomendación a otra hora de permanencia. La figura adulta debe interrumpir esa continuidad y enseñar que no todo lo que ocurre en el móvil pertenece al mismo orden. No es lo mismo hablar con un amigo que publicar para un público indeterminado; no es lo mismo buscar información que dejarse arrastrar por recomendaciones; no es lo mismo usar una herramienta que habitar una plataforma diseñada para retener. Distinguir espacios es introducir pensamiento donde el mercado introduce continuidad.

La cuarta es la separación de funciones. El móvil absorbe actividades que antes estaban repartidas entre objetos, lugares y tiempos distintos: llamar, fotografiar, escribir, jugar, mirar, estudiar, encontrarse, estar solo. Esa convergencia es cómoda, pero reduce las fronteras entre experiencias y facilita que todo quede sometido al mismo régimen de disponibilidad. Por eso hay conversaciones que no deberían estar mediadas por el móvil, momentos de estudio que no deberían compartir superficie con el entretenimiento y formas de descanso que no deberían quedar abiertas a la notificación. Separar funciones no es nostalgia: es impedir que un único entorno organice la totalidad de la vida.

La quinta es el coste asumido. Toda distancia respecto del flujo tiene un precio. Responder menos rápido puede generar malentendidos; exponerse menos puede reducir visibilidad; no participar de ciertas dinámicas puede dejar fuera de algunas conversaciones. La autonomía no es gratuita. Si ese coste no se nombra, el niño lo vivirá como castigo o pérdida injusta; si se nombra, puede comprender que toda libertad real exige también renuncia.

Ahí aparece la responsabilidad propia de todo rito iniciático. Crecer no es solamente ganar permisos, acceso o libertad. Es aprender que cada nueva posibilidad trae también dificultades, miedos, costes y formas de cuidado. La cultura del consumo presenta la madurez como ampliación indefinida de opciones: más acceso, más elección, más entretenimiento, más conexión, más presencia. Pero ninguna madurez real se construye solo con expansión. También requiere espera, demora, frustración, criterio y pérdida. Dar un móvil como rito implica decir: accedes a un mundo más amplio, pero no todo en ese mundo debe gobernarte. Y para que no te gobierne, tendrás que aceptar una mayor responsabilidad, ciertos límites y ciertos costes.

Si esa mediación no existe, la integración se produce de otro modo. El niño entra al móvil como se entra a un centro comercial sin salida visible: todo parece elección, pero cada recorrido ha sido anticipado, estimulado y monetizado. Poco a poco, la pertenencia empieza a confundirse con el consumo, la comunicación con la disponibilidad, la identidad con el perfil, la experiencia con el contenido y la atención con la vida misma. Entonces el rito iniciático ya no conduce a una posición desde la cual habitar el mundo con más responsabilidad, sino a una integración casi total en el flujo que, a día de hoy, se presenta como la forma natural de estar en el mundo.

¿Qué hacer cuando el móvil ya es inevitable?

Ese es el coste de la renuncia adulta, y conviene nombrarlo sin rodeos. Muchos padres creen resistir al mercado cuando retrasan o prohíben el móvil. En algunos casos, ese retraso puede ser razonable. Pero si no va acompañado de una reapropiación simbólica del rito, puede convertirse simplemente en una forma de no ocupar el lugar que el adulto debería ocupar. El mercado no necesita que los padres estén de acuerdo; le basta con que no produzcan una mediación alternativa. Le basta con que el móvil aparezca, tarde o temprano, como algo que se obtiene por presión social, comparación o agotamiento familiar. En ese momento, el mercado ya ha definido el deseo antes de que el adulto defina el sentido.

La pregunta, entonces, no es si los padres deben tener miedo. Tienen motivos para tenerlo. La pregunta es qué hacen con ese miedo. Si conduce solo a la prohibición, puede dejar intacto el poder simbólico de aquello que se prohíbe, porque lo prohibido no desaparece: muchas veces se carga de deseo. Si conduce solo al control técnico, reduce la relación a un conflicto doméstico por normas. Pero si el miedo se transforma en rito, adquiere otra función. Se vuelve palabra, límite, advertencia, acompañamiento. El adulto no dice simplemente “no” o “todavía no”. Dice: esto importa, por eso no puede ocurrir de cualquier manera.

Tampoco se trata de idealizar a los padres. Los adultos mismos están capturados por el móvil: responden notificaciones compulsivamente, confunden descanso con scroll, viven pendientes de mensajes y han permitido que el trabajo invada la casa y que la casa invada el trabajo. Precisamente por eso la función adulta no puede basarse en una superioridad moral ingenua. No se trata de enseñar desde una pureza que no se posee, sino de reconocer el problema y, desde esa conciencia, construir una escena distinta para los hijos. A veces el garante del rito no es quien ha vencido al sistema, sino quien al menos sabe nombrarlo.

Dar un móvil como rito no significa celebrar el móvil. Significa impedir que llegue como una inevitabilidad sin sentido. Significa introducir una interrupción simbólica en el momento mismo de la entrega. El niño o adolescente debe entender que ese objeto no es simplemente suyo, porque ningún objeto que abre el acceso a la vida social pertenece solo al uso individual. Es suyo en el uso, pero no en las consecuencias. Lo que haga con él afectará su tiempo, su relación con otros, su imagen, su deseo, su descanso, su forma de estar solo, su manera de conversar y su modo de entender el mundo. Por eso la entrega debe estar rodeada de sentido.

En las sociedades arcaicas, el rito separaba al iniciado de la vida ordinaria para devolverlo transformado. En la sociedad digital, esa separación ya no puede producirse con la misma claridad. No podemos llevar al niño al bosque y devolverlo adulto, ni aislarlo completamente del mundo en el que tendrá que vivir. Pero sí podemos producir una escena de umbral. Podemos hacer que el móvil no aparezca como simple paquete comprado, sino como signo de un paso. Podemos decir, con actos y palabras, que ese ingreso no será administrado únicamente por las plataformas. Y podemos introducir allí donde el mercado busca fricción mínima, reacción inmediata y flujo continuo, una forma distinta de relación: más responsabilidad, más demora, más diferencia y más conciencia del mundo al que se está entrando.

Por eso los padres deberían dar un móvil a sus hijos. No cuanto antes, no de cualquier modo, no como premio, no como rendición, no porque sea inocuo. Deberían dárselo porque, si el móvil ya funciona como rito iniciático contemporáneo, entonces la peor opción es dejar que ese rito lo realice exclusivamente el mercado. Y no realizarlo no significa impedirlo. Muchas veces significa renunciar a conducirlo.

El móvil será, para muchos niños y adolescentes, la puerta de entrada a una nueva edad social. Negarlo por completo puede tener costes de exclusión mucho más amplios que la simple ausencia de invitaciones o conversaciones. Pero entregarlo sin mediación puede tener un coste todavía más profundo: la integración directa en una economía de la atención que no necesita ser cuestionada porque aparece desde el inicio como el ambiente normal de la vida contemporánea.

La cuestión central, por tanto, no es la edad exacta. La edad importa, pero no resuelve. Lo decisivo es quién ocupa el lugar de garante del umbral. Si lo ocupa el mercado, el niño entra como usuario. Si lo ocupa una figura adulta, puede entrar como iniciado: alguien que accede a un mundo, pero no queda completamente confundido con él; alguien que participa, pero aprende a distinguir; alguien que pertenece, pero conserva una distancia; alguien que recibe una herramienta, pero también una advertencia sobre las fuerzas que esa herramienta transporta.

Postergar sin disputar el sentido no garantiza nada. Prohibir sin producir mediación tampoco. La renuncia puede adoptar formas aparentemente prudentes. El verdadero desafío no consiste en impedir que el móvil llegue, sino en impedir que llegue solo. Porque cuando el móvil llega solo, no llega vacío: llega cargado con el sentido que el mercado ya preparó para él. Y ese sentido es claro: estar conectado, estar disponible, estar visible, estar consumiendo, estar dentro del flujo.

Frente a eso, la función adulta no es negar el mundo, sino introducir mundo contra mercado. No se trata de proteger al niño de toda experiencia, sino de impedir que su entrada en la experiencia sea administrada por fuerzas que no buscan formarlo, sino capturar su atención. Un rito iniciático digno de ese nombre no evita el peligro; lo nombra, lo organiza y lo convierte en responsabilidad.

Porque crecer no consiste en no tener miedo, sino en atravesar ciertos miedos con una forma, una palabra y una mediación que permitan comprenderlos. Cuando el miedo queda sin rito, se vuelve captura, ansiedad o deseo ciego de pertenecer. Cuando una figura adulta toma ese miedo y lo ordena dentro de un rito, el miedo deja de ser simple ansiedad ante lo desconocido y se convierte en responsabilidad: no desaparece, pero adquiere dirección. El niño comprende entonces que crecer no significa simplemente tener más permisos, más acceso o más libertad aparente, sino entrar en un mundo donde también aparecen dificultades, límites y costes. La verdadera madurez no consiste en poder hacerlo todo, sino en aprender a reconocer aquello que atrae y aquello que amenaza, nombrar los miedos que acompañan el paso, asumir los límites que lo ordenan y aceptar las responsabilidades que nacen con cada nueva forma de libertad.

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