La Odisea de Nolan y la primera Tierra Baldía de Occidente
Una Tierra Baldía no es un lugar donde ya no queda nada. Es un lugar donde casi todo continúa en pie, pero ha dejado de formar un mundo reconocible. Las ciudades siguen habitadas, las instituciones continúan funcionando y las personas conservan las palabras, las costumbres y las ideas que recibieron de quienes vivieron antes que ellas. Sin embargo, ya no consiguen ofrecer una explicación común de lo que está ocurriendo ni una dirección clara hacia la que avanzar. Es como una casa que todavía se conserva, pero ha perdido aquello que permitía llamarla hogar.
T. S. Eliot dio a esa experiencia su formulación moderna en The Waste Land, publicado en 1922, después de la Primera Guerra Mundial. Europa había entrado en el siglo XX convencida de que el avance de la ciencia, la industria, la razón y la capacidad de organización conducía también hacia una civilización más próspera, racional y segura. La guerra destruyó esa confianza. Las mismas capacidades que parecían demostrar el progreso europeo habían servido para construir trincheras, fabricar gas venenoso, organizar ejércitos de millones de hombres y convertir la guerra en una matanza industrial. Y, sin embargo, Europa no había quedado vacía. Seguía teniendo ciudades, universidades, iglesias, bibliotecas, gobiernos, obras de arte y siglos enteros de cultura acumulada. Precisamente ahí estaba el problema: casi todo seguía presente, pero resultaba mucho más difícil creer que aquellas instituciones, conocimientos y valores formaran todavía un conjunto capaz de explicar hacia dónde avanzaba esa civilización. Las formas permanecían; lo que se había roto era la confianza en lo que significaban.
La Odisea de Christopher Nolan sitúa a Odiseo en un intervalo semejante. El mundo del que parte todavía está regido por un orden sagrado que establece límites incluso para quienes poseen la fuerza suficiente para ignorarlos. Zeus protege la hospitalidad, los juramentos, al extranjero y al suplicante; los templos ofrecen espacios que deberían quedar fuera de la violencia; los muertos deben recibir los honores que les corresponden y determinadas promesas obligan incluso cuando cumplirlas deja de resultar conveniente. La fuerza de esas normas procede precisamente de que ningún individuo puede decidir por sí solo cuándo dejan de aplicarse. No son leyes acordadas entre hombres que puedan modificarse según las circunstancias, sino obligaciones cuya autoridad procede de los dioses y que, por tanto, están por encima de la voluntad particular de quienes deben obedecerlas.
Odiseo introduce una novedad dentro de ese mundo. Su inteligencia le permite dejar de aceptar el destino como algo que simplemente sucede sobre él. Calcula, engaña, altera las circunstancias y decide. No deja de creer en los dioses, pero empieza a actuar como si su propio juicio pudiera determinar cuándo aceptar aquello que ellos han establecido y cuándo enfrentarse a ello. Ahí aparece una forma temprana de autonomía: el individuo deja de limitarse a ocupar el lugar que le ha sido asignado y empieza a reclamar para sí la capacidad de decidir qué hacer con su propia vida.
Pero esa autonomía aparece cuando todavía no existe nada capaz de sustituir el orden sagrado que empieza a quebrarse. La ley de Zeus establece obligaciones que ningún individuo puede suspender por conveniencia. Si esa autoridad divina deja de ser absoluta, todavía no existe una ley nacida de los propios hombres, ni una idea compartida de responsabilidad, capaz de imponer esos mismos límites desde otro lugar. Entre la obediencia a una ley recibida de los dioses y la capacidad de los hombres para reconocer y sostener por sí mismos aquello que debe obligarlos se abre un vacío, una Tierra Baldía.
El caballo de Troya es la primera vez que Odiseo convierte esa autonomía en una ruptura del orden sagrado. Después de diez años de guerra, comprende que la ciudad no caerá por la fuerza y concibe una forma distinta de conquistarla: conseguir que sean los propios troyanos quienes abran sus puertas e introduzcan dentro de la ciudad a los hombres que van a destruirla. El caballo es una máquina de guerra que puede cumplir su función precisamente porque se presenta como una ofrenda sagrada, algo que Troya no puede rechazar sin arriesgarse a profanar aquello que todavía reconoce como sagrado e inviolable.
Que esa ofrenda esté dedicada a Atenea importa, sobre todo, para Odiseo. Atenea es su protectora, y el vínculo que mantiene con ella también es sagrado. Para imponer su voluntad sobre el curso de la guerra, Odiseo está dispuesto a transgredir incluso su propio vínculo con lo divino. No necesita dejar de creer en su diosa ni enfrentarse abiertamente a ella: basta con convertir en instrumento de su deseo de vencer aquello que también él debería reconocer como un límite sagrado.
“We left them a gift, an offering of peace, that they took into their home. We violated all that's ever sacred between people. It turned a fight into a hunt… To burn the walls of Troy was to burn the world-entire. Including his home.”
Lo que cae con Troya no es solo una ciudad. Cae también la certeza de que la ley divina debe ser respetada porque obliga a todos por igual. La ley de Zeus no protegía únicamente la hospitalidad o la palabra dada: establecía un orden común al que debían someterse vencedores y vencidos, huéspedes y anfitriones. Protegía al suplicante, los juramentos, las ofrendas, los espacios sagrados y aquellos vínculos que ningún individuo podía quebrar simplemente porque tuviera fuerza o interés suficiente para hacerlo. La confianza entre los hombres nacía precisamente de ahí: ambos podían suponer que el otro estaba sometido a la misma ley.
El caballo destruye esa certeza desde dentro. Los troyanos respetan la obligación que les impone una ofrenda sagrada y, precisamente por respetarla, introducen en su ciudad el instrumento de su derrota. Odiseo ha construido esa ofrenda para aprovechar contra ellos la misma ley que todavía obedecen. A partir de ese momento, respetar lo sagrado deja de aparecer únicamente como una obligación: puede convertirse también en una desventaja frente a quien ha descubierto que obedecer es opcional y que la confianza del otro puede utilizarse en beneficio propio.
Y una vez demostrada esa posibilidad, ya no pertenece únicamente a Odiseo. La excepción concebida para ganar una guerra se extiende como una nueva forma de actuar: saquear aquello que antes debía respetarse, mentir allí donde antes la palabra obligaba, aprovechar la confianza ajena y convertir cualquier límite en una oportunidad para quien esté dispuesto a cruzarlo. La profanación no termina con la caída de Troya. Empieza allí y se propaga mucho más allá de los fines para los que fue concebida.
Por eso Ítaca es el espejo de Troya. Los pretendientes tampoco conquistan el palacio mediante un asalto. Entran como huéspedes y convierten la hospitalidad que debería limitar su conducta en aquello que les permite ocupar la casa desde dentro. Troya cayó porque todavía confiaba en que una ofrenda sagrada no podía esconder una invasión; Ítaca empieza a caer porque recibir a alguien como huésped ya no garantiza que vaya a respetar la casa que lo recibe.
Las formas permanecen. Lo que desaparece es la confianza en lo que significan.
El regreso, entonces, no es una gesta heroica. Es una travesía por el mundo abierto después de Troya, por la Tierra Baldía que surge cuando la ley sagrada sigue existiendo pero deja de ser una obligación común. Cada etapa enfrenta a Odiseo con una forma distinta de esa ruptura, aunque al principio ni siquiera sea capaz de reconocerla como propia.
Su primer encuentro con ella ocurre durante uno de los saqueos del camino de vuelta. Odiseo pregunta por qué no han sido recibidos según las leyes de la hospitalidad y escucha hablar por primera vez de los pueblos del mar: hombres que llegan desde la costa, saquean cuanto encuentran y continúan su camino sin reconocer la ley de Zeus ni ninguna obligación hacia quienes encuentran. Odiseo los imagina todavía como otros, como una amenaza exterior a la que debe temer. Necesitará buena parte del viaje para comprender que esos pueblos del mar son precisamente hombres como él y los suyos: guerreros que abandonaron Troya llevando consigo una guerra que ya no reconoce fronteras, lugares sagrados ni razones para detenerse. La primera imagen de la Tierra Baldía aparece así antes que la conciencia de haber contribuido a crearla.
Polifemo devuelve esa contradicción a Odiseo y a sus hombres cuando llegan esperando la hospitalidad protegida por Zeus después de haber cometido en Troya la violación más brutal de ese mismo principio. Una ciudad había abierto sus puertas a una ofrenda sagrada y ellos habían ocultado en su interior el saqueo, la destrucción y la profanación de aquello que debía permanecer inviolable. Ahora necesitan que esa misma ley siga obligando cuando son ellos quienes dependen de su protección. Pero Polifemo, hijo de Poseidón, tampoco la respeta: recibe a los extranjeros devorándolos. Odiseo vuelve entonces a imponerse mediante el ardid y consigue escapar. Al abandonar la cueva tensa su arco como firma de la victoria, porque no le basta con sobrevivir: necesita que el acto lleve su nombre, que quede claro que fue su voluntad la que se impuso. Incluso cuando ocultarse sería más seguro, reclama la autoría de aquello que ha hecho y convierte así su victoria sobre Polifemo en un desafío directo a Poseidón.
Los lestrigones muestran esa ruptura en su forma más elemental. Allí ya no queda hospitalidad que traicionar ni apariencia sagrada que pueda utilizarse como engaño. El encuentro conduce directamente a la destrucción y casi toda la flota desaparece. Cuando ya no existe una ley común ni un vínculo que obligue a unos hombres frente a otros, la fuerza termina convirtiéndose en la medida de las cosas: quien puede imponerse no tiene razones para no hacerlo.
Circe recupera la apariencia de la hospitalidad para volver a pervertirla. Hay una casa, una mesa y alimento, pero el banquete que debería acoger al extranjero convierte a los hombres en animales. Aquí empieza, sin embargo, una transformación en Odiseo. Sus compañeros se entregan a su apetito; él consigue contenerse. Después de haber descubierto en Troya que su voluntad podía colocarse por encima de una prohibición sagrada, comienza a descubrir la dificultad inversa: ser dueño de uno mismo exige también ser capaz de limitarse, de saber decirse que no.
El descenso al mundo de los muertos lleva ese aprendizaje hacia otra clase de obligación. Odiseo escucha allí el reclamo de sus propios hombres, de quienes pusieron su destino en sus manos y murieron confiando en él. Lo que le exigen no responde a la conveniencia del momento ni a una necesidad inmediata de supervivencia. Reclaman aquello que les corresponde precisamente porque entregaron esa confianza: ser recordados, recibir los honores debidos, no quedar abandonados simplemente porque continuar el viaje resulte más útil. Odiseo empieza a encontrarse así con obligaciones que no pueden omitirse cada vez que dejan de ser convenientes. Algunas relaciones generan deudas que siguen obligando incluso cuando no hay una ley sagrada que impone su cumplimiento.
Escila y Caribdis muestran otro precio de la autonomía. Ser dueño del propio destino no significa encontrar siempre una solución correcta. Entre ambas amenazas no existe una elección sin coste: cualquier rumbo implica una pérdida. Elegir por uno mismo significa también aceptar que toda decisión real excluye otras posibilidades, y que sus consecuencias ya no pueden atribuirse simplemente a aquello que los dioses habían dispuesto.
El ganado de Helios muestra el problema desde el lado contrario. Sus hombres conocen la prohibición y aun así deciden que el hambre basta para dejarla de lado. No ejercen con ello una autonomía semejante a la que Odiseo empezó a reclamar en Troya: obedecen al apetito inmediato y llaman elección a esa obediencia. Odiseo empieza a comprender la diferencia. Ser capaz de quebrar una norma no significa que toda norma deba quedar disponible para la propia voluntad, del mismo modo que decidir por uno mismo no significa hacer aquello que uno desea en cada momento.
La advertencia de Tiresias concentra esa contradicción:
“Your men don't want you to defy the gods. But the gods say only you make it home.”
“Then I defy the gods.”
Sus hombres le piden que no desafíe a los dioses, pero el destino que esos mismos dioses han dispuesto exige que ellos mueran y que solo Odiseo regrese a casa. Por eso los desafía. No lo hace únicamente para afirmar su voluntad frente a la divina, sino porque se niega a aceptar un destino que condena a los hombres que dependen de él. La tragedia es que serán esos mismos hombres quienes, incapaces de contenerse ante Circe, las sirenas o el ganado de Helios, terminen cumpliendo aquello que Odiseo quería impedir. Su rebelión contra el destino no basta para salvarlos porque la autonomía exige algo más que ser capaz de decir no a los dioses: exige también ser capaz de decirse no a uno mismo.
Las sirenas llevan esa transformación hasta su forma más íntima. Odiseo sabe que esta vez el peligro no procede de un dios ni de un enemigo, sino de sí mismo. Por eso ordena que lo aten antes de escuchar el canto y que no lo liberen aunque después lo suplique.
“All the things you wanted to be and then all the things you wished you never wished for… the most you can't have is what you already had and lost. It was a song of all the promises I failed to keep. And it told me I don't really want to go home.”
El canto le revela que el propio deseo también puede conducirlo a la perdición. No se trata simplemente de contener un apetito ni de aceptar una prohibición exterior. Odiseo comprende que puede llegar un momento en que aquello que él mismo quiera sea precisamente lo que deba impedirse hacer. Por eso se ata: coloca un límite entre su deseo y su capacidad de obedecerlo. Después de haber pasado buena parte del viaje enfrentándose a aquello que pretendía decidir por él, descubre que también puede necesitar protección frente a sí mismo. La autonomía deja entonces de consistir únicamente en conquistar el derecho a elegir; empieza a exigir la capacidad de no obedecer ciegamente ni siquiera a la propia voluntad.
Calipso plantea el último obstáculo antes del regreso, y es distinto de todos los anteriores porque ya no exige vencer, escapar ni resistir. Odiseo ha pasado todo el viaje intentando imponer su voluntad sobre aquello que parecía decidido por los dioses, pero llega finalmente a un punto en el que no puede controlar lo ocurrido ni deshacer sus consecuencias. Calipso le ofrece el olvido, la posibilidad de abandonar esa historia y dejar de cargar con ella. Volver exige lo contrario: aceptar que Troya, los hombres que murieron, la Tierra Baldía que ha recorrido y la Ítaca que encontrará forman parte de una misma historia, aunque ninguna de esas consecuencias hubiera sido aquello que pretendía producir.
Ahí aparece con claridad el paralelo con Cobb en Origen. Cobb tampoco puede regresar mientras siga separando aquello que quiso hacer de aquello que finalmente provocó. Implantó una idea en Mal para salvarla, no para destruirla, pero esa intención no basta para borrar su responsabilidad sobre lo que la idea terminó produciendo. Odiseo se encuentra ante la misma dificultad. Quería ganar una guerra y volver a casa; no quería extender un mundo de saqueo, profanación y vínculos quebrados. Pero regresar exige reconocer que una acción puede producir consecuencias que exceden por completo la intención de quien la realiza y que, aun así, siguen vinculadas a él. No puede volver mientras imagine Ítaca como el lugar intacto que existía antes de Troya. Tiene que aceptar primero la relación entre aquello que hizo y el mundo al que ahora pretende regresar.
Por eso el regreso no restaura simplemente lo que había antes. Recuperado el trono, Odiseo vuelve a partir para honrar a los muertos que dejó atrás, precisamente una obligación que durante buena parte del viaje había tratado como algo que podía posponerse ante necesidades más inmediatas. Ese gesto completa la transformación. No significa regresar a la obediencia ciega de la antigua ley divina, sino comprender por qué algunas de las obligaciones que aquella ley protegía no pueden quedar sometidas a la conveniencia de cada individuo.
Enterrar a los muertos, respetar al huésped, proteger al suplicante o reconocer espacios donde la violencia debe detenerse no son sagrados simplemente porque un dios los haya declarado así. Son sagrados porque existen vínculos que solo pueden mantenerse mientras todos aceptemos que no están disponibles para nuestro provecho particular. Si cualquiera puede suspenderlos cuando dejan de convenirle, dejan de existir para todos.
Ahí aparece la salida posible de la Tierra Baldía. Odiseo había abierto ese espacio al descubrir que podía colocar su voluntad por encima del orden sagrado. Durante el viaje aprende que la autonomía no puede reducirse a esa capacidad de transgredir: exige contener el propio deseo, asumir el coste de las decisiones y reconocer obligaciones que siguen siendo válidas incluso cuando nadie puede imponerlas desde fuera.
La ley de Zeus empieza a perder su autoridad, pero todavía no existe una ley humana capaz de sustituirla. Ese es el intervalo que Odiseo atraviesa. El palacio, el templo, la hospitalidad, la palabra dada y los honores a los muertos siguen existiendo, pero ya no basta con que sus formas permanezcan. Solo recuperarán su fuerza cuando los hombres sean capaces de sostener por sí mismos aquello que antes respetaban porque pertenecía a los dioses.
Esa es la primera Tierra Baldía de Occidente: el tiempo que transcurre entre dejar de obedecer algo porque es sagrado y comprender que es sagrado precisamente porque no podemos desobedecerlo sin destruir aquello que nos sostiene como sociedad.